Tam Coc I

Tam Coc era uno de mis sitios señalados del viaje, muy recomendado por Teresa y algún otro viajero, estaba especialmente marcado en mi mapa (con subrayador rosa “fofi” y corazoncitos alrededor). Ahora puedo afirmar con rotundidad, que éste fue uno de mis sitios preferidos del itinerario.

Tam Coc me fascinó con su ambiente y habitantes, con sus paisajes y reflejos en los incipientes arrozales y sobre todo, con la posibilidad de asomar una pata fuera del circuito turístico. No sé si por la zona, mi intermitente enajenación mental o la felicidad y libertad que aporta moverse en bicicleta, pero el escarabajo pelotero que gestiona mi buhardilla de los recuerdos, guardó este lugar en la sección de favoritos. Justo entre los recuerdos de mis grandes victorias en el Colonos de Catán y el día que conseguí cagar en aguas internacionales. Vamos, que “mu rico” Tam Coc. Pero como casi toda buena e interesante historia, surge tras un oscuro inicio. Y cómo no, ese dramático comienzo ocurre en… podéis decirlo conmigo: un sleeping bus.

Esta vez, hasta el prólogo, parecía anunciarnos que íbamos a viajar en las entrañas de un relato de Edgar Alan Poe. Sientes que el terror y la tensión te invaden en todo momento, infinitas sorpresas acechan tras cada curva, ninguna será buena. Manos estampándose contra los cristales empañados, borrachos, vómitos, mantas que huelen peor que el vómito, música tradicional de fondo y todos los pasillos repletos de gente durmiendo…

Llevaba ya escritos tres párrafos contando el escalofriante viaje, pero los he borrado, me repito. No quiero ser como una de esas comidas tras la que cualquier eructo te sigue devolviendo su sabor, incluso horas después. Ya está bien de quejarme de los sleeping bus. Si yo soy tan estúpido de seguir cogiéndolos es por dinero y porque soy tonto… Llegamos a la estación de Ninh Binh alrededor de las 04.30 de la mañana, esperando encontrarnos con Estela y Ana, que tuvieron su pesadilla particular en otro bus, para movernos juntos hacia Tam Coc (la ciudad de Ninh Binh está a 8 km). Tras dos horas y media, varios cafés y algunas visitas fecales a los baños, seguíamos sin rastro de ellas, así que decidimos comprobar nuestros Whatsapp. Muy inteligente que se nos ocurriese después de estar casi tres horas allí vegetando, pero creo que nuestro cerebro no daba para más. Así descubrimos que el bus les había dejado directamente en Tam Coc y nos indicaban a qué hostel acudir. Finalmente seguimos su mapa del tesoro hasta el Tam Coc Backpacker (110.000 VND/noche con desayuno), donde ya pudimos descargar las mochilas y relajarnos. Pasamos de dormir, nos fuimos a devorar un buen desayuno y esperar a que se nos incorporase la avanzadilla, que sí había podido conseguir unas horas de sueño. Con el equipo ya reunido y las fuerzas escasas, nos hicimos con las bicicletas (30.000 VND/día). Conocer una zona en bici es otra cosa, te da un +5 de felicidad y +3 en carisma, sin contar con ese airecito que recorre todo el camal, te refresca los huevecillos y genera una sonrisilla permanente en tu rostro. Vamos, que todo es mejor.

El significado de Tam Coc es “tres cuevas”, que son el mayor atractivo de la zona, pero no el mejor (según mi humilde opinión, que es mejor que cualquiera de las vuestras). Desde Ha Noi, es una excursión bastante popular de un día, en el que te suben a unas barcas y vas haciendo un recorrido por dentro de las susodichas cuevas y entre bonitos arrozales. El problema es que aquello parece cualquier atracción de Diseyland, el río se convierte en la vía férrea por la que circula un tren de barquitas, que ni siquiera respetan la distancia de seguridad entre ellas, y algunas hasta acompañan su ruta fluvial de música. Ceñirse a este recorrido fijo, aunque precioso, hace que te pierdas muchos rincones escondidos entre las espectaculares montañas, te conviertas en una hormiguita más y no conozcas el plácido ambiente local.

Nuestra primera visita fue la Bich Dong Pagoda, un bonito complejo religioso, formado por tres pequeños templos esculpidos e incrustados en la montaña, en 1428. Entrada gratuita, aunque si vas en bici, te harán pagar 5.000 VND, por el “parking”. Es curioso entrar en los templos, cincelados dentro mismo de la montaña, pero posiblemente lo mejor está en la cima. Al salir de la última pagoda te encuentras con un cartel, que creemos prohibía seguir subiendo, pero “mi no entender vietnamita”, así que nos mandamos hacia las alturas. No es la subida más sencilla del mundo, camino para faquires, se recomienda llevar buen calzado, agua y estar preparado para hacer un mínimo de escalada. La recompensa son unas vistas espectaculares de Tam Coc y sus alrededores (debería subir mejores fotos, pero estoy en Myanmar y el señor internet no me deja subir. Más adelante..)

Siguiendo el lago de la entrada a la pagoda, continúa un caminito que te llevará a un pequeño valle, bonito, pero sin más. Como diría Estela; “No me dice nada”. Aunque en él puedes jugar y conversar con algunas cabras y rodearte de una agradable soledad, tras la que pedaleamos de vuelta al pueblo. Seguimos una carretera cercada a ambos lados por plantaciones de arroz recién nacidas, con la idea de perdernos por ellas tras reponer fuerzas comiendo, como así ocurrió. Afrontamos las últimas horas de sol atravesando pequeños senderos pedregosos que eran incapaces de frenar nuestro impetuoso avance, gracias a nuestras poderosas y atléticas piernas.

P1040083

Salto tras salto, bache tras bache, nos internábamos más entre ese bosque de montañas cársticas, semejante a rocosas falanges que cual árboles compiten por llegar más alto y hacerse con la mayor cantidad de luz solar posible. Hasta que al final se hicieron con toda ella. El sol fue hundiéndose entre los enormes dedos de piedra, hasta que desapareció encerrado en ese puño cárstico, que no lo soltaría hasta el siguiente amanecer.

Nosotros, sedientos de más atardecer y caminos, seguimos avanzado en busca de … no lo sé. Simplemente perseguimos la ilusión de no encontrar un final, porque a veces basta con querer más. Y fuimos recompensados, nos dimos de cara con “Dientes podridos”. El conato de camino acababa abruptamente en la puerta de su casa. Éste, al oírnos venir, parecía haberse puesto su mejor camisa y estar en el umbral de su hogar, dispuesto a convertirse en el anfitrión perfecto. Nada más saludarnos, preparó un mantel sobre su patio y nos invitó a tomar asiento. Poco a poco fue ofreciéndonos pequeñas tazas en las que disfrutar de su curioso té (parecía hecho de espinacas) y su fuerte licor casero de arroz. No sé decir cuánto tiempo estuvimos compartiendo conversación de gestos y escuchando monólogos vietnamitas, pero se nos iba haciendo de noche y allí seguíamos, con la pipa encendida y escuchando historias sobre sus gallinas. No estaba dispuesto a dejar que nos marchásemos sin acabar con su licor ni dar de comer a sus doce gallinas, el mayor de sus orgullos (pese al susto inicial de Emma, al creer que las iba a matar para nosotros). Al final, con las últimas luces del día, nos despedíamos de “Dientes podridos”, de su simpatía y su “penetrante” sonrisa. Nunca una carcajada tuvo tantos colores y huecos por los que contagiar esa felicidad. Tam Coc nos había mostrado por primera vez el auténtico Vietnam, una fascinante atmósfera que envuelve de paz al que se adentra en ella, una deliciosa realidad que parece sortear a la mayoría de los visitantes. Un lugar que nos dejaba entrever un país diferente, oculto tras la niebla del régimen comunista y el impactante carácter vietnamita. O simplemente el licor de arroz que me subió más de lo que pensaba…

Sin ni siquiera energías para pensar dónde cenar, nos dirigimos al mismo restaurante del hostel, en el cuál teníamos una cerveza gratis, 2×1 y el 40% en cualquier comida, tampoco hacía falta pensar tanto… Aproveché el momento para saborear una hamburguesa, después de lo que me parecieron lustros sin catar ninguna. Y luego, ya con las cervezas circulando por nuestro sistema, nos lanzamos a jugar al Juan (Manu, si algún día te dignases a leer este blog, estarías orgulloso de que siga extendiéndolo allende los mares…). Jamás he sido partícipe de un Juan con un resultado tan escandaloso (y en el que yo quedase tan mal parado), pero se pudieron sacar varias conclusiones, como por ejemplo, que no soy el único obsesionado con los sleeping bus o que nadie sabe que hay una tortuga que se llama Toto. Pero olvidad todos esos inútiles datos y centraos en lo más importante de la noche: por fin supimos cual es el actual estado de Carmen Sevilla. ¿Está viva? ¿Sigue presentando el juego de “las ovejitas”? ¿Habrá aprendido a hablar bien? Pudimos aclarar todas estas y otras dudas existenciales sobre su vida actual, tras intensos días de debate y violencia verbal dentro del grupo. Aunque no pienso desvelaros estos misterios, es momento de que vosotros investiguéis y descubráis LA VERDAD.

Y como esto se me está yendo de las manos, voy a hacer como Moisés y voy a dividir por la mitad este mar de información sobre Tam Coc, que intentaré completar en brevas. De momento, y como homenaje a las tortugas, os dejo con esta maravilla de Toto. Le das una guitarra a Lukather y le pones unos negros a la voz y nace esta maravilla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s