Tam Coc II

El ambiente de Tam Coc, una buena cama y las cervezas de la noche anterior me hicieron dormir como hacía tiempo que no lo conseguía. Fue una de esas ocasiones en las que te despiertas y antes de levantarte de la cama, te haces un chequeo mental previo. Cabeza: sospechosamente funcional para el horario. Brazos: ahí están. Piernas: poderosas y listas para ciclear. Vejiga: rellenita, pero sin apuros. Intestino: listo para evacuar. Iniciando protocolo “cagada silenciosa, de pedos fatuos, para no despertar a Elena”.

Tras la precisa extracción de materia pecaminosa de mi interior, “pieminamos” hasta la zona de desayuno, donde nos fuimos reuniendo todos, para hacernos con la mayor cantidad de comida posible que nos permitiese la guardiana de los pancakes. Sorprendentemente el descanso había acudido al rescate, nos observamos todos con la mirada bastante viva y despierta, excepto Marina. Creo que sus ojos no consiguen una abertura más allá del 48%, hasta pasadas las once de la mañana… Todo parecía en orden pero, tras desayunar, vino la tormenta, se produjo un cisma en el grupo y nos separamos. No quiero hablar mucho de ello, aún nos duele. Muchos no podremos volver a mirarnos a la cara, se dijeron muchas cosas que hicieron añicos las ilusiones y objetivos de la mayoría. Nada volverá a ser igual en nuestras vidas… Bueno, en realidad Marina y Emma decidieron hacerse con una moto, por los estragos causados en los glúteos de Emma tras un día de pedalear sobre piedras. Y Estela y Ana, viéndose en la bancarrota, tuvieron que aproximarse a Ninh Binh a hacerse con un buen fajo de billetes, con el que poder restregar a los desvalidos vietnamitas, su gran poder adquisitivo. Así que Elena y yo partimos en solitario a lomos de nuestras bicis, con la intención de comprobar que los arrozales del día anterior no eran parte de un maravilloso sueño, e ir encontrándonos con el resto en algún momento del recorrido.

Previa parada en un mercado, donde Elena se hizo con un buen cuchillo hecho a mano, empezamos a iternarnos por los pueblecitos locales, donde la gente te mira extrañada o te saludan con entusiasmo, mientras nos dirigiamos a Trang An. Esta zona es el gran atractivo de los alrededores, donde se realiza el paseo en barca entre arrozales, pero sólo viendo el acceso, puedes pensar que estás entrando en el Dragon Khan. Es una atracción de feria para turistas, en su mayoría chinos. Llegamos aquí con el objetivo de encontrarnos con alguna de las chicas, así que frenamos y echamos un vistazo al ejército de barqueros que dormían la siesta, y al poco rato aparecieron Ana y Estela, con sus oscuras gafas reflectando los potentes rayos solares y con actitud de llevar un buen fajo de dongs en la cartera (100€ = 2.500.000 VND). Probamos un tiempo más a ver si aparecía el resto, pero al final decidimos seguir camino. Delante teníamos un día lleno de espíritus de arrozales, stand up comedy de patos y pequeños e increíbles valles.

Empezamos siguiendo el curso del río, tras el rastro de barcas, pero en varias ocasiones Hollywood frustró nuestro intento. Justamente estaban rodando la película “King Kong: Skull Island” y varias de las localizaciones elegidas estaban por la zona (también en Phong Nha). Así que no nos dejaban acceder por algunos caminos y se hacía imposible seguir el curso del rio, por lo que optamos por seguir nuestro instinto y simplemente perdernos por los senderos que más nos sedujesen. Gran acierto de nuevo, fuimos sorteando protuberancias cársticas, atravesando piscinas de arroz, carcajeándonos junto a cientos de patos o paseando por cementerios plantados en medio de arrozales.

Fue en esos momentos de pedaleo alegre y sonrisa en la cara, cuando tuve un Déjà Vu, ¡yo ya conocía ese paisaje! Son los mismos parajes que sobrevuela Son Goku con su “núvol Kinton”, que va dejando su estela amarilla entre altas montañas cársticas y sobre verdes campos de arroz. Casi esperas ver aparecer a Bulma montada en una de sus motos supersónicas o a Yamsha muerto y derrotado en una esquina. Y es que ese paisaje parecía de dibujos animados, no parecía real.

Pedaleamos por parajes donde nuestros ojos, convertidos en cerdos ávidos de poesía, se revolcaban entre fango paisajístico y fardos de belleza, hasta que el estómago nos lanzó el hambre a la cara. Nos frotamos los ojos, con la intención de ensuciarlos, incapaces de soportar tanta belleza visual y nos aventuramos a entrar en un restaurante para pedir la carta. Y es que Vietnam nos pone a prueba cada vez que pedimos un menú, pues parece que exista una mafia encargada de elaborar los mismos en inglés, con el objetivo de causar el caos entre restauradores y viajeros. Existe una misma plantilla para todos ellos, en el que los nombres en vietnamita e inglés no coinciden. Añade a eso que las fotos tampoco coinciden con la descripción del plato y que los precios están bastante hinchados respecto al estándar local. Te encuentras con que cada comida se convierte en un concurso televisivo, en el que primero luchas por conseguir un mejor precio y luego eliges abrir un número de puerta, esperando que en su interior haya algo similar al alimento que tu crees haber pedido. Es remarcable que en este almuerzo todos conseguiéramos el premio, en forma de pedido correcto, pero no suele ser lo habitual. En el transcurso de la comida también me di cuenta de algo que llevaba un par de días torturándome y frustrándome al no encontrar la razón. Me venían canciones a la cabeza, que no recordaba haber escuchado en mucho tiempo, y luego reverberaban en mi cerebro todo el día, convirtiéndose en una repetitiva tortura. Resulta que las culpables estaban compartiendo mi mesa, se sentaban frente a mí y me sonreían inocentemente como si nada, mientras mi mente se iba consumiendo musicalmente y rebobinaba constantemente ese cassette que ellas habían insertado en mi cabeza. Elena y Ana, por separado, parecían elegir una canción diaria para cantar en voz alta y contagiársela a mi subconsciente, que no lograba librarse del germen hasta irse a la cama. Y lograron su misión todos los jodidos días que compartieron canto en mi presencia… Es algo que tengo clavado muy dentro y que no quedará exento de venganza, cuando menos se lo esperen y de la forma más cruel posible. Temedme…

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Mis dos cantantes más odiadas

Tras llenar el estómago decidimos enfilar camino de Mua Cave, donde nos encontraríamos con Emma y Marina, aunque por el camino aún nos desvíamos por algunos senderos más. Tras toparnos con algunas barcas del recorrido, y que sus integrantes ignorasen el paisaje y nos hiciesen fotos a nosotros, o frustrarnos al intentar escalar algún dedo cárstico sin éxito, llegamos a nuestro punto de encuentro.

Afrontamos la dura subida, sudando cada escalón, para encontrarnos con las dos desertoras y unas vistas alucinantes. La foto panorámica que ilustra casi todas las postales de Tam Coc está tomada desde esta cima, en época lluviosa, cuando todos los campos deslumbran con su verde radiactivo. Allí arriba nos encaramamos a la estatua del “Drac Sheron”, que desde lo más alto de la cima permanece aletargado esperando que alguien encuentre las siete bolas mágicas, y disfrutamos como niños de un maravilloso atardecer mientras no parábamos de hacer el tonto a su alrededor.


Por la noche poco ajetreo, mucho cansancio y preparación de mochilas, pues a la mañana siguiente salíamos hacia Halong Bay. Cenamos de nuevo en el hostel, junto con el camarero, fan del techno, que más que activo parecía haberse caído de pequeño en la marmita de farlopa, y nos retiramos pronto. Tam Coc me dejaba en la cama sonriente, exhausto y con algunas malditas canciones repitiéndose en mi cabeza, y sobre todos con ganas de más. Con ganas de seguir perdiéndome.

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