Phong Nha, todo sobre ruedas

Qué raro, volvíamos a levantarnos temprano. Bueno, pronto no, lo siguiente. Temprano a Megazord… como si lo fuesen a prohibir… como si no hubiese un mañana… Aunque ésta parece ser la tendencia que llevo incorporada desde hace dos meses. Incluso desde hace ya más de una semana mi reloj biológico, (los calvos, también tenemos uno), hacia las 05:00 am me remueve el inconsciente y me dice que ya es hora. Así pues, con el sol naciente tras las nubes perpétuas de Hue, estábamos en las escaleras del hostel esperando que nos recogiesen.

Viendo los borrones de caras, a esas horas nadie dentro del vehículo podía considerarse persona, algún escaso gruñido es todo lo que recibimos por saludo. Tras Elena conseguir que todo el minibus esperase por ella, café en proceso de por medio, pasamos a por los últimos entes que incorporar a nuestro trayecto. Y no sólo los incorporamos durante este recorrido, sino que dejaron profundo surco en nuestro viaje. Estela, Ana, Marina y Emma serían nuestras compañeras durante la siguiente semana de aventuras, y difícilmente podríamos haber encontrado mejor compañía. Bueno, tal vez si pudiese viajar, yo, conmigo mismo, pero el mundo no es tan perfecto… así que nos conformamos con ellas.

Trayecto ameno y salpicado con intervenciones estelares del guía, que intentaba explicar detalles de las zonas por las que pasábamos, pero era incapaz de entender cualquier pregunta o broma sobre las mismas (aún me siento desplazado cuando pienso en “el río Pho, como la sopa”…). En fin, que tras ensalzarnos sobre manera cualquier curso de agua por el que cruzásemos (lo suyo era obsesión, estoy convencido de que se masturba con videos de riachuelos en youtube), nos acabó cantando a capela alguna canción, mientras Elena, Ana y yo aplaudíamos cual focas esperando recibir un pescado. Así llegábamos a Phong Nha-Kè Bàng, el parque nacional con las cuevas más grandes del mundo, y reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO desde 2003.

Tras dejar los equipajes en los distintos alojamientos, nos reunimos para ver cómo nos organizábamos. Este parque alberga más de 300 cuevas en su interior, su subsuelo es una de las regiones de piedra caliza más grandes del mundo y tiene la zona cárstica de mayores dimensiones y más antigua de nuestro orbe azul. Sabiendo que era imposible visitar Son Doong, la cueva más grande del mundo, para la que hay que superar una lista de espera de más de un año y pagar más de 3.000 euros, nos enfocamos en otras de más fácil acceso. El primer día visitaríamos la cueva que da nombre al parque, Phong Nha, la gruta con el río navegable más largo “in da world”. Para ello intentamos reunir al mayor grupo de personas vivas posible, porque además de pagar la entrada (80.000 VND/persona), pagas una embarcación para llegar hasta ella y recorrerla. Con un máximo de hasta catorce personas (320.000 VND/embarcación), al final éramos doce los que nos embarcábamos, con el “ca phé” postcomida aún en la campanilla. P1040037

Durante casi tres horas pudimos gozar navegando por esta casi desconocida maravilla natural, fascinarnos con sus altos techos abovedados, sus afiladas y amenazadoras estalactitas, y sobre todo, con los musculosos brazos de la vietnamita, que a base de palazos, deslizaba nuestra barca por las oscuras corrientes.

Tras el idílico paseo y sin casi luz natural para nada más, nos dirigimos a Oxalis. Tiene nombre de fuente encantada, de las que brotan unas aguas maravillosas que esconden algún poder. Pero en realidad se trata de la agencia más importante y exclusiva de la zona. Son los encargados de explorar el parque y los que descubren la mayoría de las inmensas cuevas. Por ello también tienen exclusividad para organizar visitas a alguna de ellas, pero, tras informarnos de primera mano, tuvimos que descartarlos. Son demasiado exclusivos para nuestros ligeros bolsillos. Si para realizar una expedición de un día nos ofrecieron hasta porteadores, ¿estamos locos? Así que decidimos alquilar una moto cada “pareja viajera” para visitar al día siguiente el parque y alguna cueva por nuestra cuenta.

Aquí debo hacer un pequeño impás, para que los que me conocéis bien, reflexionéis. Pues Elena iba a ser el paquete y yo el conductor. Leéis bien. Yo, que no conduzco desde que sabe Buddha cuándo tengo el carnet. Yo, que no recuerdo si en un cruce tiene preferencia el de la izquierda o el de la derecha (sigo sin saberlo). Yo, que con una bici cuesta abajo, creo que voy a coger tal velocidad, que voy a ser capaz de viajar en el tiempo… Dicen que “el elefante es el animal con mejor memoria”, expresión que no tiene ningún sentido aquí. Pero es para ilustrar el poco sentido que tenía que yo condujese cualquier vehí-culo (sí, he dicho culo, pero es un momento muy serio como para reirnos) con motor.

Amanecíamos temprano (creo que es la expresión más usada del blog) y a las 8.00 estábamos delante de nuestros nuevos amigos motorizados, listos para el suicidio. Aquí añado que aunque las haya pintado bien antes, las chicas no son tan guays, eh. Nada más he de decir que la única moto con nombre era la de Elena y mía. Maracuyá, muy maja, apunto de acabar sus estudios. Personas que no tienen sentimientos por sus motos, no pueden ser buenas personas…

Arrancamos, las cuatro chicas sin sentimientos y nosotros, y tras unos primeros momentos de confusión, en los que los asiáticos volvieron a demostrarnos su poca desenvoltura con los mapas, enfilamos camino de Paradise Cave. Pasamos una serie de paisajes preciosos, pero como rebobinando la cinta hacia delante, pues queríamos llegar pronto, antes de que la cueva se inundara de turistas. Aparcamos, pagamos la maldita cuota de 5.000 VND por el parking y caminamos por el bosque hasta la curiosa entrada.

Y es que nada más dar dos pasos hacia dentro, empiezas a bajar y hundirte cada vez más en este enorme orificio terrestre, hasta econtrarte con un impresionante auditorium de piedra, donde el espectáculo son sus increiblemente enormes estalactitas. Thien Duong Cave o Paradise Cave, fue descubierta en 2005, conviertiéndose en ese momento en la cueva mas grande del mundo. Aunque pocos años después se vería superada por algunas de sus vecinas de parque. Intentamos ir a otras cuevas más exclusivas, no porque fuesen más espectaculares, sino porque no estuviesen tan saturadas. Porque aunque mi perfecta prosa os haya transportado a un mundo ídilico y aventurero, entre haces de luz que revolotean nerviosos por la posible presencia de murciélagos, nada más lejos de la realidad. Han hecho un pequeño parque de atraciones de ella. Debes recorrer una plataforma de madera, que va encauzando tu paseo a través de los iluminados, artificialmente, pasillos. Eso y los grandes grupos guiados le quitan gran parte del encanto a este maravilloso agujero natural (That’s what she said!). La entrada cuesta 150.000 VND y pese a todo, creo que vale la pena. Hay que tomarse la visita con calma, dejando adelantarse o adelantando a los grandes grupos, para disfrutar de ella con tranquilidad. La entrada básica te permite recorrer 1,5 km de pasillos y gigantescas galerías, entre bosques de enormes estalacticas, que te hacen sentir como un pequeño pitufo paseando entre setas. Muchas de estas desproporcionadas estalacticas se econtraban en el suelo, caídas, derrotadas por el tiempo y el peso (como Steven Seagal en la actualidad). Y este quilómetro y medio sólo es el principio, pues este tunel cárstico se prolonga hasta encontrar su fin 31 km más allá de donde la luz se diluye con la oscuridad. No es posible llegar con ninguna visita guiada más allá de los 7km. Supongo que continuar el camino no se trataría de una visita, sino de un viaje y el guía sería Jules Verne.

Tras salir del rocoso mundo imaginario, me encontraba en otro mundo aún más inimaginable para mí, el de subirme a la moto y hacerla trotar. Aunque algo de ilusión me hacía… Decidimos seguir dando la vuelta, haciendo el circuito completo al parque, adentrándonos en el “lado salvaje” del mismo. Definición dada por la chica que nos alquiló las motos, la cual aseguró que no circulásemos por allí, pues estaba lleno de animales salvajes, algunos furiosos centauros y hasta un basilisco agazapado. Le faltó iluminarse la cara con una linterna y sisearnos; “vais a morir”. En realidad nos encontramos con una estrecha carreterilla, que serpenteaba entre sube y bajas constantes, proyectando espectaculares paisajes en los monitores del horizonte. Con tranquilidad, muy bien guiados por la jefa de la manada, Estela, nos deslizamos entre los toboganes de asfalto hasta que desembocamos en el pueblo, dispuestos a comer algo rápido y salir a la caza de alguno de los paisajes que vimos por la mañana.

Como casi siempre, los planes se van por ese retrete, llamado vida. Entre los encargados del restaurante y nosotros, alargamos la comida un par de siglos, intentando aclararnos y “arreglando” con palabras, no sólo el mundo, sino posiblemente también Marte. Así que yendo más justos de luz, decidimos hacer una expedición relámpago a un pueblo cercano. El resultado no pudo ser mejor. Nos acercamos a investigar una iglesia plantada entre arrozales y nos encontramos una horda de niños, hambrientos de contacto occidental. Tras un primer chocante impacto, en el que nos engulló la marabunta y los más mayores nos pedían dinero, acabamos disfrutando de ver tanta sonrisa junta. Niños son niños y en el fondo lo que quieren es curiosear y divertirse. Yo saqué de nuevo a relucir mi nula capacidad de intercacción con cualquier ser que no supere la barrera de los diecises años, pero disfruté buceando entre ese mar de energía, que esperaba con ansias cualquier interacción por nuestra parte. Miles de fotos, arrolladores videos de 360 º, carreras hacia el río o postureo de los más adolescentes, a los pies de una iglesia perdida entre arrozales, completaban un atardecer perfecto. Hasta que el repicar de una campana evapororó a los niños, ellos volvían a su vida escolar, y nosotros recuperamos la conciencia. Era hora de volver.

Ya sólo nos quedaba devolver las motos y vislumbrar un futuro aciago, llamado “sleeping bus”. Y es que belcebú es muy retorcido, cuando crees que te ha olvidado, está esperándote al final del día, para conducir tu “no sueño” hasta el próximo destino.

Como poso, siguiendo con la música del viaje, un poco de Swing, con los magníficos Zero 7.

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