Una historia de caballeros y dragones

Érase una vez, en un país muy lejano, allí donde las motos pueden ser montadas por cinco personas, los vehículos levantan tierra al circular y los murciélagos son abatidos con metralletas, donde debe viajar nuestra mente. A una isla llamada Flores, en una apacible mañana, con el sol saliendo por el sitio que toca y a la hora que toca, es dónde empieza esta historia. Labuan Bajo, la capital del reino, era testigo de la llegada de dos leyendas andantes, dos hombres capaces de sobrevivir a una “ducha de mierda” y contarlo con una sonrisa en la cara. Los floresienses, florines, florianos… los habitantes de este mágico lugar, todavía ignoraban que alguien había venido a enfrentarse a sus mayores miedos, alguien iba a dejar las huellas de sus chanclas en la memoria colectiva de este pueblo. Dos viajeros capaces de mirar a sus dragones a los ojos y mantener la orina dentro de la vejiga. Soy Morgan Freeman, y voy a conducirte por un universo que la humanidad siempre considero fantástico, pero a lo mejor no lo era tanto…

Muchas historias se han oído sobre estos dos muchachos, pero no se sabe dónde acaba la leyenda y dónde empieza la realidad. Incluso ha merodeado el rumor de que uno de ellos es calvo y el otro tiene una alopecia incipiente, pero obviamente deben ser exageraciones, los calvos nos son personas, son enfermos… Nadie contaría historias épicas sobre ellos si estas mentiras resultasen en realidad. Siempre hay que filtrar cualquier relato, nada es siempre lo que parece ni la tele, agarraos, dice siempre la verdad. Pero hay excepciones, como la historia que viene a continuación, todo es real. ¡Porque coño, soy Morgan Freeman! ¿Si no confías en mí, en quién lo harás?

Un ajetreado aterrizaje, con los soplidos Eolo bamboleando de manera alarmante el alado carruaje. Con las manos de sus pasajeros apresurándose a coger los panfletos religiosos situados frente a ellos, para lanzar un desesperado rezo al Dios de turno, en busca de una innecesaria y poco cabal salida al rudo meneo aéreo. Terror, hasta que una retahíla de suspiros aliviados acompañan el brusco aterrizaje. Así de movida empieza nuestra historia, pero ¿qué es una buena historia sin emociones? ¿Un libro de Jorge Bucay?

Nada más descabalgar del avión, y como viajeros consagrados que eran, nuestros protagonistas siguieron la rutina establecida. Con las mochilas amarradas a sus increíblemente fortalecidas espaldas y sus bellos andares, levantando pequeños remolinos con cada pisada sobre la polvorienta calzada, recorrieron las deshechas calles en busca de la mejor posada. Dura búsqueda, gotas de sudor perfilando sus gestos, malabarismos con el regateo, mariposa dibujadas con sudor en la contraportada de la camiseta, preguntas clave y una sola verdad, un lecho al precio más bajo. Nadie sabe cuál es la estrategia o embrujo que utilizan, pero lo habían vuelto a hacer, de la nada conseguían la cama al mejor precio. Imposible encontrar algo mejor en estos lares. Pernoctaron todas sus noches en la hostería “Mutaria Hotel”, por tan solo 90.000 Rp, habitación doble con desayuno. Se han escrito poemas épicos y canciones de Death Metal indonesio dedicados a esta meritorio negocio. ¿Catre y pitanza por 3€ cada uno? ¡María, José, el niño Jesús y todos los animales que habitaban ese sagrado corral!,¿estamos locos? Y es que mucho se ha especulado sobre su excelsa capacidad para conseguir los mejores saldos; que si adquirieron superpoderes al comer de la basura de Berlín, que si son tan simpáticos que cualquier mercader se derrite ante sus sonrisas… Pero el rumor más extendido es que se hacen pasar por discapacitados mentales, jugando con la bondad de la gente, y por eso les consienten tales rebajas. Una especie de subvención encubierta. La gente se siente bien al proporcionar ayuda a los mas desfavorecidos, y tal vez esa sea su arma más secreta y letal.

Tras establecer un punto base, había llegado el momento de pasar a la acción. Eran muy conscientes del lugar al que llegaban, pero vivir la pesadilla de la naturaleza en persona, siempre hace que te asustes y admires de ella. La temida plaga, conocida como los monzones, asolaba a los florialos, floriblos… los habitantes del lugar, desde hacía ya meses. Los gemidos de sus vientos e imprevistos aguaceros sembraban de temor y tristeza todo el lugar. Pocos barcos zarpaban dirección oeste, hacia el horizonte de los atardeceres de fuego, hacia la casa de los dragones, Komodo. En esta isla, con nombre de mayordomo de cualquier castillo de Transilvania, es donde habitan los últimos dragones del mundo. Un tesoro natural a conservar y la única prueba viviente de que todas esas historias y cuentos de princesas y caballeros, eran verdad. La misión de nuestros héroes, comprobar su existencia y transmitirla al mundo, así de simple y complicado. Tal vez pienses; “pues vaya mierda si sólo es eso”. Pues hazlo tú, gilipollas. Perdón por la descortesía, a veces me enervo.

Los días pasaban, las lunas movían las mareas, algunos niños asistían a la escuela, otros no, y nuestros viajeros se dedicaban a reconocer la zona, con la idea de conseguir la mejor embarcación y tripulación posible para la peligrosa travesía. Finalmente el capitán Carlos y su tripulación, a bordo del navío Kita Tours, fue elegida como la más indicada para esta misión. Carlos sabía de la dificultad y pocas posibilidades de triunfo que albergaban, pues en las últimas semanas los monzones habían anulado las intenciones de cualquier nao por llegar a Komodo, y así lo hizo saber.

– Va a ser muy difícil y hay muy pocas posibilidades de triunfo. Dijo Carlos.

– Somos consciente de ello, pequeño hombre del que no sabemos adivinar la edad, aunque suponemos que está entre la horquilla de 15 a 30 años. Nadie dijo que no conllevaría     peligros, pero tampoco nadie nos preguntó. Simplemente el destino nos ha guiado hasta   aquí, y no cuestionamos, pues a la vez sabemos con seguridad que nosotros siempre triunfamos, ante todo lo que nos enfrentamos. ¡U S A! ¡U S A! Dijo Manu, con un porte orgulloso, pero pecando en demasía de soberbia y tal vez, sin venir a cuento.

Así que pese a las reticencias iniciales del capitán, se acabó llegando a un acuerdo: por 400.000 Rp. Tenían un sólido navío, una tripulación valiente y dispuesta, víveres para toda la travesía e incluso unas ánforas cargadas de grog. Cada uno se escupió en su mano derecha que luego estrecharía con los demás, para cerrar el trato. Además también se escupirían de nuevo unos a otros en la cara, hasta quedar éstas chorreando y las camisetas empapadas. Sí, parece una estupidez, pero es la manera que tienen de finalizar cualquier pacto en Labuan Bajo. Es mejor no romper nunca una tradición en un país extraño… De esta manera tan humedad se sellaba el sino del grupo, esperando que con el nuevo amanecer les acompañase la buena ventura. El todo o nada. Y es que ya lo decía Edgar Allan Poe, “a la muerte se la toma de frente y luego se le invita a una copa”.

Ni la ciencia ha podido demostrar aún si la locura es o no la más sublime inteligencia, así que nunca sabremos si de verdad sabían lo que hacían o eran tontos de remate, pero la cuestión es que se embarcaron hacia lo desconocido. Amanecía el primer día soleado desde la ya lejana fiesta de la cosecha, iluminando el camino de nuestros amados jóvenes. Y así la nave zarpó rumbo al oeste, huyendo de un sol incipiente y flanqueado por grupos de delfines y atunes, que abrían el camino en la proa, navegando hacia la aventura.

A partir de aquí todo son especulaciones, pues todavía no hay pruebas de nada. Pero esto es verdad y no miento, y como me lo contaron, te lo cuento, que llegaron a ver a los dragones. Vagaron entre estos enormes saurios, de hasta más de tres metros de largo, demostrando la veracidad de toda historia, hasta el momento considerada leyenda. Y acercándose cada vez más a la prueba de que los unicornios existen, que están escondidos en algún sitio, vomitando arco iris con los que adornar los cielos, esperando a que vayamos a abrazarles.

Pasearon y rieron junto a los komodos, bajo un sol ardiente sol, demasiado tiempo escondido. Compartieron camino con algunos dragones bebés, que aún sobrevivían al canibalismo de sus padres, y fueron testigos del ataque de una de las bestias a un nativo. Es muy extraña la tranquilidad e inquietud que transmiten a partes iguales estos seres no tan mitológicos. Son depredadores escondidos en un disfraz de vagos.

Cientos de triunfos y aventuras pasaron en la isla, transformada en spa para dragones, pero todo tiene un final. Abandonaron las tierras de los dragones, abriéndose de nuevo al mar, sumergiéndose y gozando del agua y la vida, porque estaban más vivos que nunca. Y volvieron a perderse en el océano, dirección a otra tierra desconocida donde pararse en busca de aventuras. O tal vez sólo porque tengan ganas de defecar, y hacerlo en el mar está mal. Mejor parar en tierra, tomarse unos cacahitos, una cerveza fría y visitar el baño, que engañar a los peces con comida sobreprocesada por el intestino.

Así acaba nuestra increíble historia. Pero tranquilos, si sigues este blog, ya sabrás que no es la última. Ni siquiera la mejor. Pero si es la última narrada por mí. Soy Morgan Freeman, el puto mejor narrador desde que murió Constatino Romero, y espero hayas disfrutado de esta humilde narración, como yo lo he hecho. Buenas noches y buen viaje.

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