Camino de subida y Bajawa

Todavía con los ojos en erupción dejábamos atrás Moni, y tras una parada de dos días en Ende, para repostar energías, continuamos camino hasta Bajawa. Llegamos al centro de la isla, la zona donde seguir visitando volcanes, remolonear en aguas termales y conocer los pueblos más tradicionales de la isla. Ah, y probar el arak de la zona, todo sea por conocer la cultura local…

Ende es una ciudad con casi nada de encanto, el poco que podría tener reside en sus playas de arena negra (por los volcanes), pero se encuentran cubiertas por montañas de basura que los endesianos (jjijijij, he dicho “anos”) queman al atardecer… Bueno, sus alrededores sí son espectaculares, rodeada de volcanes y valles. Llegábamos en plena efervescencia de la conjuntivitis, así que como el hostel era muy barato, decidimos hacer una parada técnica de dos noches, para recuperarnos. Nos alojamos en el Safari Hotel; habitación doble, con desayuno e internet, por 100.000 Rp (unos 6,65 € entre dos). Me hubiese gustado saber qué pensaron las encargadas de recepción al vernos aparecer cargando las mochilas, sin fuerzas y con ojos de yonkis. Por algo nos pusieron en la habitación más alejada de la recepción… Aprovecho que para decir que no hay enfermedad leve más incómoda que la conjuntivitis, es más molesta que un andaluz que se cree gracioso. Tras la segunda noche, sintiéndonos mejor, nos lanzamos de nuevo a la carretera. Bajawa esperaba.

Medio camino en autostop, medio en “bemo” (minibuses que se mueven en cortas y medias distancias), llegábamos a la ciudad bajo la lluvia, justo para ver como el sol se ponía el pijama. Ésta es el centro neurálgico en el centro de la isla, una de las partes más pobres del país, pero con más riqueza natural por explorar. Nada más ubicarnos entre las poco concurridas calles nos encontramos a Ryan, que casualmente nos guió al hostel que buscábamos, el Edelweiss Homestay, regentado por su tío. Habitación doble con desayuno y ducha de agua fría, 150.000 Rp. Y de ahí directos a cenar. Bajawa es una ciudad pequeña, los hostales se ubican casi todos en la misma calle y el resto es zona local. Parecen ser fanáticos de la navidad o integrantes de una secta liderada por Papa Noel, porque en pleno febrero todo el pueblo seguía decorado con adornos natales. Entre la altura, el fresquillo que corría entre mis huevos y las casas de madera, a veces daba la sensación de estar más en Suiza que en Indonesia. Luego entrabas a cualquier establecimiento, tomabas asiento en el banco ante la salsa de chili, saludabas a la cucaracha de turno, pedías tu bakso y desaparecía cualquier duda.

Para comer aléjate de la calle “turista” y dirígete hacia el mercado, en sus alrededores hay buena comida a muy buen precio. Si lo que buscas es un buen zumo fresco y algo dulce, sin duda el Sunflower (en la calle que lleva de los hostales al mercado). Y si quieres alguna cerveza y música por la noche, el único sitio que encontramos es donde nos citó Ryan, el Milonari Bar. Allí se reúne su grupo de amigos todos los días del año a tocar versiones, empiezan sobre las 19.30 y acaban a las 22.00. Si la cosa se anima, puede que acabes compartiendo velada con ellos y su Arak casero (whiskey de arroz). Pasamos allí todas las noches, así que al final nos sentíamos parte del grupo. Aunque creo que el alcohol y la euforia por superar la conjuntivitis ayudaron a integrarnos. La verdad es que tocan bien, es divertido ver y conocer a la gente que se arrejunta allí, y muy interesante conocer su modo de vida. Entre ellos destacar a Teen Wolf, un señor entrañable, sin dientes, peinado moderno, chaqueta de universidad estadounidense y risa lujuriosa, al que todos querían matar por descuadrar siempre el ritmo, pero que disfrutaba como nadie de formar parte de la banda. El único problema que nos encontramos es que cada noche, por ser españoles, nos dedicaban alguna canción de Maná o Enrique Iglesias, pero ¿cómo decirles que prefiero que me hagan caminar sobre brasas ardientes, antes que escuchar esos abortos musicales? Lo que se hace por la felicidad de la gente ajena y no aplastar sus sueños…

A parte de comer barato y emborracharte con los locales, Bajawa y sus alrededores ofrecen muchas más posibilidades. Como no, como toda la isla, está rodeada de volcanes, el más famoso el Inerie. Este coloso de 2245 metros está en plena forma, ya que tuvo su última erupción en 2001 y los efectos de la lava son todavía claramente visibles en sus laderas. La verdad es que es bonito de ver, aunque creo que en ningún momento gozamos de él estando totalmente despejado de nubes. Se puede ascender hasta su cráter, pero por precio y fuerzas, descartamos la opción.

Este sagrado volcán es venerado y rodeado por la cultura Ngada, que domina toda la zona central de Flores. Se supone que inmigraron desde la isla de Java, pero no se conoce muy bien su historia, y los únicos asentamientos que quedan de esta tribu están en este área. Sus pequeños pueblos rodean el Inerie y desde ellos se tienen unas vistas increíbles. La mejor manera de visitar a los Ngada es alquilando una moto, y combinarlo con un mapa e indicaciones conseguidas en la oficina de turismo, ubicada en la misma calle de los hostales. Durante el camino no dejarás de cruzarte entusiastas niños que parecen desvivirse por un saludo o buscarán que les choques la mano, con la moto en marcha. Así que nos hicimos con la motocicleta y nos acercamos a los asentamientos de Bela, el más grande y por el que hay que pagar 25.000 Rp, y Bena, mucho más modesto y que requiere dejar una donación. En estos pueblos se dedican a tejer ikats (similares a los sari), recolectar y secar nuez moscada, además del pastoreo y la agricultura. Las casas tienen el símbolo de cada familia marcado en el techo, con un tótem distintivo. Además en las entradas exhiben sus trofeos, como las cabezas de búfalos, o amuletos que marcan el estatus familiar.

En la plaza central de cada villa se puede reconocer qué clanes pertenecen a la misma, a través de las diferentes “sombrillas de paja” que allí se ubican, algunos son centenarios y rememoran las batallas de sus ancestros. Es curioso ver como se entremezclan dos religiones, tumbas cristianas (Flores es la única isla cristiana de Indonesia, debido a su pasado portugués), con amuletos animistas repartidos en diferentes sitios claves del pueblo, buscando la buena suerte o repeler a los malos espíritus. Y es que pese a la evangelización masiva que hicieron los portugueses, Flores nunca perdió su “adat”, la particular cosmovisión animista que tienen del mundo. Incluso paseando entre sus casas puedes encontrarte dos tipos de altares, unos con la virgen María (normalmente luciendo ojos de estar drogada) y otros formados con rocas puntiagudas, para sacrificios de animales.

Algo que encontrarás casi siempre en una zona de volcanes, y que no debes dejar escapar, son las aguas termales. Hay dos de visita sencilla, una cerca de los pueblos Ngada y otra, las más grandes, las Hot Springs Mangeruda. Llegamos a éstas últimas en bemo, tras hora y media de curvas (son sólo 17 km) y 20.000 Rp. Estas enormes aguas termales están en un curioso complejo. Parece un enorme spa abandonado hace mucho tiempo atrás, donde la naturaleza ha ganado terreno, por donde cruza un bonito río de agua caliente y que consta de varias piscinas a diferentes temperaturas. La entrada cuesta 10.000 Rp y puedes estar el tiempo que quieras. Nosotros pasamos tres gloriosas horas, derritiéndonos de gusto, cual mozzarella fresca en un horno de leña. Y la mitad del tiempo tuvimos el enorme complejo para nosotros solos. Todo un lujo, por menos de 1 €. Parecíamos duendes saltando felices entre las ardientes charcas y el moho que cubría casi todas las rocas. Fue el remedio definitivo para nuestros sufridos ojos.

Nuestro primer plan tras Bajawa era seguir camino hacia Riung, pueblo pesquero al norte de la isla, pero debido al mal tiempo cambiamos de plan. Decidimos acelerar, coger un avión a Labuan Bajo (si vas en bus son 10 horas por unos 13 €, en avión 30 minutos por 18 €) y allí esperar que la Pachamama nos enviase un día con buen tiempo, para intentar visitar el Parque Nacional de Komodo. Así que esa noche, bien embriagados de arak, nos despedíamos de Ryan y la banda, pues las historias de dragones nos esperaban.

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5 comentarios en “Camino de subida y Bajawa

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