La puerta al Kelimutu

¡Mierda, no puedo abrir los ojos! Salgo a rastras de la mosquitera, que cual cortina para princesas cuelga sobre nuestra cama, y busco a tientas el baño. No puedo escuchar mis pasos, el Ilustres Ignorantes que debería escucharse a través del altavoz o nada que no sea el repetitivo sonido de las gotas estrellándose contra el techo, ventanas, puerta o nuestras pocas neuronas restantes. ¿Cuántas horas lleva lloviendo? La fiebre nubla mi percepción del tiempo. Bueno, de momento centrémonos en abrir los ojos. Cuando intuyo que estoy delante del espejo utilizo mis uñas a modo de tenazas, para eliminar los terrones de azúcar moreno que parecen haber sellado mis pestañas. Tras unos momentos de cirugía primaria, acaban cediendo ante mis manos ya expertas, y cuales persianas oxidadas de un local olvidado mucho tiempo atrás, parecen chirriar al abrirse, dejando ante mí una imagen deplorable. Tras unas telarañas viscosas, que se resisten a soltar sus presas, asoman dos pozos rojos, que arden y parecen pedir ayuda. El reflejo que medio entreveo en el espejo me sugiere que; o bien he sido poseído por algún espíritu del lago rojo del Kelimutu o estoy en un centro de rehabilitación luchando contra alguna fuerte adicción. Tan sólo dos días en Isla de Flores y parece que estoy en la flor de la muerte.

¡Por fin estábamos en Flores! Una vez llegados a Maumere teníamos la idea de pernoctar aquí y salir por la mañana, pero por casualidad encontramos uno de los últimos coches del día dirección a Moni. No nos lo pensamos. Sin saberlo acabábamos de girar la ruleta de la vida y teníamos un cincuenta por ciento de posibilidades de vivir o morir. Esta vez salió cara. Un trayecto sin una sola recta, tan solo curva tras curva, que nuestro conductor tomaba de manera muy brusca y rara, como asomándose a cada precipicio, saludando al abismo, antes de decidir girar en el último momento. Soltaba el volante para encenderse cigarros, lanzaba todo lo que encontraba por la ventana y no dejaba de tocar la música y aire acondicionado. Todo esto en medio de una tormenta enorme, de noche, rodeados de una densa niebla, donde cada poco nos encontrábamos troncos o enormes rocas en medio de la carretera, por continuos derrumbes. Encima la mitad de las motos circulan sin luces, y multitud de niños, perros o gallinas transitan la carretera a oscuras, cual espíritus errantes que se aparecen cuando menos te lo esperas. A esta pesadilla añadidle una banda sonora con; Britney Spears, Avril Lavigne, Enrique Iglesias, reggaeton… que se repetía cada rato, en un bucle casi infinito. Durante las tres horas de trayecto, en lo único que pensaba era: “como muera con esta música sonando de fondo, volveré de entre los muertos para reventar los tímpanos de toda tu familia a base de rock progresivo, hasta que les sangren las orejas y el culo”. Al final la historia acabó bien, pero… Estábamos en Moni, noche ya cerrada y en medio de una tormenta, así que seguimos la única luz que vimos en el pueblo, el Mopi Bar.

Como digo, allí vimos la luz y, por fin, conocimos a Cristo. Un muchacho local con el que negociamos el precio de la habitación para bajarlo de 250.000 Rp a 150.000, habitación doble con desayuno y agua caliente, en el Hidaya Guest House. Estuvimos todos los días solos en el hostel. No sería la última vez en Flores, la isla, en temporada de monzones, está vacía de turistas. El Mopi Bar es el único lugar del pueblo donde tomarse una birra, tocan música en directo todos los días, puedes conseguir información o tours para la zona y probar el café que se planta en el Kelimutu. A mí me gustó especialmente el café con jengibre. También es donde posiblemente me contagié de conjuntivitis, aunque en realidad todo el pueblo acababa de pasarla, cada mano que tocabas era un pasillo hacia la enfermedad. Dos días después también caería Manu.

Y sí, llevo un rato hablando de Moni y aún no he hablado de sus dos grandes características: es la base desde la que ascender al volcán Kelimutu y no encontrarás internet en todo el pueblo. Además hay un montón de colegios y niños de lo más entusiastas, que te saludarán como si no hubiese un mañana.

La orografía de la isla está marcada por una gran cantidad de volcanes, la mayoría todavía en activo, siendo el más famoso el Kelimutu. Normalmente la gente viene a esta zona solamente para subir este colorido volcán, pasan una noche y se van. Yo recomiendo quedarse más días, pasamos tres noches y aún podríamos habernos quedado alguna más. La zona es muy tranquila, andando puedes acceder a muchos otros pueblos, algunas villas tradicionales, cascadas, campos de arroz y aguas termales, procedentes del volcán. Para enterarse de qué visitar y cómo hacerlo de la manera más barata, en el mismo pueblo hay una oficina de turismo que no visita nadie, pero que te proporciona mapas y muy buena información. Cuando firmamos el libro de visitas, comprobamos que hacía más de seis días que nadie pasaba por allí.

Para subir al Kelimutu contratamos un “ojek” (una moto con conductor) que nos recogía en el hostel a las 4.30 de la mañana y tras 45 minutos nos dejaba en el parking del volcán, por 60.000 RP. Nunca he depositado tanta confianza en nadie como en ese conductor nocturno, pues tuve que hacer todo el trayecto con los ojos cerrados, debido a mi enfermedad ocular. Cada bache o curva cerrada que intuía que pasábamos sin sufrir un accidente, tenía ganas de ofrecerle una galletita y una palmadita en el lomo, como premio a su buen comportamiento. La entrada cuesta 150.000 Rp entre semana y 250.000 el fin de semana. Una vez en el parking subimos el trecho que falta hasta la cima, para ver el amanecer. Allí casi todo era gente local ofreciendo café y sólo cinco extranjeros. La cima está rodeada por tres cráteres, en cuyo interior hay tres lagos que van cambiando de color a lo largo del año. Nosotros sólo vimos dos colores, pero suelen ser tres, el negro/marrón, el turquesa y el rojo. La niebla rodea todas las montañas adyacentes, pero la salida del sol actúa como ventilador y poco a poco, entre las nubes y la penumbra, van asomando valles, picos y el mar. Las vistas son espectaculares, una postal con el océano de fondo, toda la silueta de la cordillera volcánica y el sol reflejándose en los lagos. Cuentan las leyendas de la zona, que las almas de sus muertos van a descansar a estos lagos; las almas jóvenes al lago turquesa, las viejas al negro y las malvadas al rojo.

Tras disfrutar unas horas del amanecer, las vistas y sus colores, empezamos el descenso. Decidimos hacerlo a pie, ya que por el camino se tienen buenas vistas, paseas por pueblos locales, puedes parar en dos Hot Springs y, si te desvías un poco hacia la jungla, puedes visitar una cascada (a la cual llegamos guiados por un grupo de macheteros, no del tipo donde se ponen las macetas, sino de los que llevan machetes de un metro). En total serían poco más de 20 km hasta volver a Moni. El problema fue que cuando llevábamos dos kilómetros de descenso empecé a encontrarme algo débil y Manu a sentir dolor en las rodillas. Poco a poco se nos fue haciendo cada vez más duro. Para cuando llegábamos a las últimas Hot Springs, no podíamos más y nos dejamos sumergir en sus aguas calientes durante mucho rato, tal vez demasiado. Al intentar salir, casi me desmayo…

Finalmente, nueve horas después de salir de casa, llegábamos a la carretera principal, donde destrozados como estábamos, probamos suerte con el autostop. Y no sólo funcionó, sino que llegamos al pueblo montados en el coche de policía. Siempre recordaré la imagen de nosotros pasando por delante del Mopi Bar, con nuestros amigos allí asomados y nosotros haciéndoles el saludo surfer desde la parte de atrás. Nos comimos un bakso y al llegar al hostel, Manu iba muy cojo y yo estaba febril. Así que nos fuimos directos a la cama, para hacer una siesta madre, e intentar prevenir males mayores. Y fue justo al pasar por la puerta cuando empezó a llover como si lo fuesen a prohibir y no paró en siete horas. Pero no una lluvia cualquiera, la lluvia más fuerte que he visto en mi vida, con una intensidad que no había imaginado y sin parar a tomarse un respiro. Lo más alucinante de la isla es la capacidad de absorción que tiene el suelo, ni los pañales para abuelos. En serio, media hora después de parar, solo encuentras dos charquitos, no entiendes dónde ha ido a parar toda la descarga de agua.

Al día siguiente me levanté recuperado de la fiebre, pero con los ojos en las mismas tristes y deplorables condiciones. Además Manu empezaba a mostrar síntomas en uno de los ojos. Aún así nos fuimos a la carretera, para intentar conseguir un coche que nos llevase a Ende. Sólo hay un carretera que cruce toda la isla, así que muchos coches se ofrecen a llevarte por un precio negociado, al final conseguimos que nos llevasen por tan solo 20.000 Rp, más barato que el bus. Durante este trayecto pudimos admirar los mejores paisajes de todo Flores. Valles de jungla tupida, enmoquetados con verdes campos de arroz y moteados con cascadas que se dejaban caer por sus acantilados. Todo ello atravesado por un caudaloso río por el que viajaban las exageradas lluvias de los días anteriores. La isla entera tiene unos paisajes dignos de ver. Dan ganas de pararse cada pocos kilómetros, asomarse al infinito, tomar una gran bocanada de aire fresco y masturbarse a dolor con las vistas. Pero tranquilos, no soy tan soez, guardo el recuerdo en mi memoria y lo hago al llegar al hostel. Mira que sois mal pensados….3ade88d6419d6ea6cf745dc602a0780d

Sólo me queda recomendar un par de sitios para comer en Moni, son el Rainbow Cafe y el Bakso Tip-top. Al medio día, sin duda, el Bakso Tip-Top, donde puedes comer muy bien por unas 12.000 Rp, pero no abre por las noches. Está situado justo al principio del pueblo, cerca del cobertizo donde los jóvenes juegan a billar, justo antes de los arrozales. Y para cenar, el Rainbow Café, no taaan barato, pero con más variedad de platos. Está al otro lado del pueblo, casi en la salida hacia Ende y justo delante de la bajada a las cascadas.

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