La odisea de Flores

Antes de iniciar mi viaje podía existir una ruta imaginaria en mi cabeza, trazada tan sólo con líneas y un único punto marcado: Flores. Esta isla siempre fue mi único objetivo claro al que llegar, El Sitio que más deseaba explorar. Así que arrancamos nuestro viaje por tierra y mar desde Lombok, expectantes e impacientes, sin ser conscientes de lo que nos costaría alcanzar nuestro destino. Aquí tenéis la historia de este desesperante y surreal trayecto.

De Kuta nos dirigimos a Mataram, ya que desde su terminal de buses éstos parten hacia todos los puntos de la isla y venden trayectos, que combinados con ferrys, te llevan a otras islas. Nuestra primera idea era partir desde Lombok a nuestro ritmo, haciendo autostop, pero teniendo varios ferrys y los monzones por delante, nos echamos atrás. De vez en cuando a los valientes también nos sopla una brizna de conciencia en la cabeza, es entonces cuando pensamos en nuestras mujeres, hijos y legos, llorando en casa nuestra ausencia, sintiendo un gran vacío en sus corazones, así que invertimos un poco de nuestros poderes monetarios en “comodidad”. Alguien me dijo una vez, “todo lo que inviertas en comodidad, está bien pagado”. Y no somos ricos, pero a veces hay algo de razón en esas palabras. Quién no ha mirado a los monzones a los ojos, no puede juzgarnos, ¿vale? Al final nos decidimos por un bus, que tras 24 horas de carretera y ferrys, atravesando las islas de Lombok, Sumbawa y el Parque Nacional de Komodo, debería depositarnos en Labuan Bajo, capital de Flores. Arrancamos puntuales. Un bus repleto de locales, nosotros y Corinne, Svea y Sophie, con las que acabaríamos formando un peculiar grupo para enfrentarnos juntos a las adversidades del camino.

Atravesamos Lombok y cogimos un ferry hacia Sumbawa. Nada más subirnos al mismo la zona de pasajeros se convirtió en un bazar, donde los vendedores casi superaban en número a los pasajeros, ofreciendo sus mercancías insistentemente y la gente cediendo ante su corrosiva tenacidad. Mientras, diferentes coros de jóvenes cantaban frente a los pasajeros pasando la gorra. Tuve que contener las ganas de cagarles dentro de la gorra hasta desbordársela, que horror de canciones. Tan malos eran, que provocaron el aborto de algunas de las pasajeras, y eso que ninguna estaba embarazada… Finalmente la bendita bocina dio por finalizado todo el ajetreo e hizo que todos los mercaderes y falsos coristas descendieran a tierra, dando paso a una travesía muy tranquila, que tan solo se vió alterada por los constantes vómitos de nuestro vecino. El pobre chico asomóse por la ventana más de diez veces para entregar su ofrenda, en forma de comida a medio digerir, a Poseidón. Y eso que tuvimos un mar bastante calmo. Era muy divertido ver cómo, tras cada cascada de tropezones que descendía por su boca, se levantaba muy digno, se limpiaba la boca con la misma mano con la que luego se ajustaba el flequillazo, nos sonreía y volvía a tumbarse en el banco, para seguir con su pesadilla particular. Qué alegría nos recorrió el cuerpo al subirnos de nuevo al bus y ver que él y su flequillo con olor a bilis se sentaban a pocos asientos de distancia.

El  motor del bus arrancó, empezamos a sentir la vibración en los asientos y miré a través de la ventanilla, justo para ver cómo el sol daba por acabado el día. Fue en ese momento cuando me dí cuenta, no había querido aceptar la cruda realidad hasta entonces, me estaba enfrentando de nuevo a una de mis peores pesadilla: el sleeping bus. Belcebú sobre ruedas se puso en marcha, me revolví incómodo en el asiento, mientras fuera empezaba a llover de manera exagerada. Y al fondo, como un aura demoníaca que apareciese sobre la cabeza del conductor, apareció un destello de luz. ¡Me cago en Enrique Iglesias!, la maldición se estaba cumpliendo paso por paso. La televisión se encendió y, como si la vida me lanzase un escupitajo de frondoso moco a la cara, empezó a sonar el karaoke. Esas canciones asiáticas tan entrañables y estridentes, acompañadas de vídeos indefinibles, que taladrarán tu cerebro y harán llorar a tu corazón durante toda la noche. Así empezaba un trayecto nocturno de diez horas, a una velocidad posiblemente ilegal, con una lluvia torrencial golpeando los cristales y sin visibilidad en la sinuosa carretera. La fiesta llegó a su apogeo cuando las gotas de lluvia, hartas de saludarnos a través de los cristales, empezaron a visitarnos en forma de goteras. Por todo el techo del bus se abrían paso hacia las cabezas de los pasajeros. Pero por si acaso no conseguían refrescar a todos, los aires acondicionados también pusieron de su parte y empezaron deslizar agua helada contra nuestros rostros. Resultado, varios pasajeros luciendo chubasquero dentro del bus. A las cinco de la mañana llegaban nuestros despojos a Bima, donde dejamos atrás nuestro riego por goteo, y nos subíamos a un destartalado minibus. Allí, tras imitar alguna de las posiciones del Tetris, encajamos entre sobrepoblación y cajas, para dos horas después llegar a Sape. Teórico puerto desde el que tomar el ferry a Flores.

Creo que allí fuí consciente por primera vez, de que Lombok es un espejismo amoldado al turismo. Entrábamos en la Indonesia profunda. En Sape casi no hay adultos, no hay perros, gatos, ratas o cucarachas. Nos vimos en medio de un polvoriento pueblo rodeados de niños y cabras, y justo al final de la carretera, el muelle. Nada más poner un pie en tierra empezó a circular el rumor de que no había ferry. Pero nunca sabes cuando fiarte, siempre hay que comprobar si te están diciendo la verdad o intentan venderte una alternativa, así que nos dirigimos al muelle y nos sentamos delante de los ferrys. El señor que nos vendió el trayecto “supuestamente” había confirmado que estos funcionaban con normalidad, pero nos enteramos que desde hacía una semana no salía ningún ferry y la única información que conseguimos fueron varios “maybe”. Tan solo dos personas hablaban algo de inglés y tras consultar con ellos y el capitán, la conclusión era que: a lo mejor el barco salía en tres días, a lo mejor en cinco o a lo mejor en una semana. Más tarde aparecieron otros viajeros que llevaban varios días en el pueblo esperando al ferry, y junto con ellos empezó a circular otro rumor: “hay un barco de contenedores que sale esta noche desde Bima hacia Flores”. Así que tras valorar las posibilidades, nuestro pequeño grupo decide subirse al minibus y volver hacia atrás.

A las diez de la mañana estábamos comiendo los cinco en un “warung” de Bima, planteando las alternativas. Manu y yo decidimos darnos la caminata hasta el puerto, donde estuvimos dando vueltas y preguntando a todo el mundo; a los barcos de mercancías, los guardacostas, los militares, los barcos particulares… intentando enrolarnos en cualquier embarcación que se dirigiera a Flores. Lo máximo que conseguimos fueron varios “maybe” más y algún intento de venta de tickets bastante sospechoso, así que volvimos junto a las chicas sin buenas noticias. De repente nos vimos en medio de Sumbawa, sin saber si funcionarían ninguno de los ferrys hacia el este (Flores) o hacia el oeste (Lombok y Bali). Pero es que no estábamos atrapados en un sitio cualquiera, estábamos en Bima. Imaginaos que estáis muy enfermos del estómago, cagáis y vomitáis de forma exagerada sin control, así que para evitar hacer un cuadro expresionista por todo el baño, os metéis en la ducha. Es lo que se conoce como una “Vomicharrea”. Esa triste imagen es la metáfora perfecta para representar a Bima. Una ciudad gris, embarrada, sin aceras y llena de cordilleras de basura, cuyas cimas han sido conquistadas por cabras, que devoran esas mismas montañas. Éstas campan a sus anchas por la ciudad y ejercen tanto de perros, como de gatos e incluso de homeless. Por la noche duermen en grupo y acurrucadas encima de un cartón en soportales a lo largo de la ciudad. Una “amaravillosa” urbe que entra en competencia directa con Río Gallegos por ser mi ciudad más odiada del mundo. Ni siquiera había hostels y todos los hoteles, además de ser caros, estaban llenos. Teníamos que escapar de allí, así que buscamos un hotel donde caer muertos y sacar billetes de avión.

Antes de salir a cenar, se fue la luz en toda la ciudad y empezó el diluvio universal, así que entre charcos y sombras intentamos buscar un lugar donde alimentarnos. Es en este momento cuando, debido al cansancio y al hedor que desprendía toda la ciudad, empezamos a sufrir alucinaciones. La única luz de la calle nos guió hasta el Amazy Chicken. Según el cartel luminoso, un restaurante especializado en pollo, pero al asomarnos sólo había un almacén lleno de cajas y palés. Al preguntar nos señalan un ascensor escondido entre sombras, tras las montañas de mercancías, y al llegar al segundo piso entramos en un mundo nuevo e inesperado…

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¡Amazy Chicken!

Absurdo. Desde el nombre a los precios, la iluminación, los colores, la vestimenta de los trabajadores, la ausencia de clientela o nuestra presencia allí… De repente una imitación del McDonalds, con un nombre anglicano mal escrito, precios desorbitados y una tele gigante en la que ver Toy Story 3. Y al final del pasillo, junto a un ascensor para mercancías, se escondía un enorme centro lúdico lleno de luces, música entremezcladas, cabinas de karaoke y máquinas recreativas. Y ningún cliente.

A la mañana siguiente despertamos de esta pesadilla y nos subimos a un avión, nuestra vía de escape, dirección Bali. Un avión tan pequeño y vacío que distribuyeron a los pasajeros y maletas a lo largo del mismo para compensar pesos. Es más, en el bolsillo delantero, a parte de las típicas indicaciones de seguridad, encontrabas folletos con instrucciones para rezar a todos los posibles dioses, en caso de que durante el trayecto aéreo surgieran problemas… Pero llegamos a Bali sanos y salvos, donde nos despedimos de las chicas, pues Manu y yo éramos los únicos que seguíamos con la idea de llegar a Flores.

Hicimos base en Denpasar, ciudad totalmente local, con precios de risa y nulo internet. Allí campeamos dos días de lluvías a Megazord encerrados en la habitación, viendo series y saliendo a dar algunos paseos, esperando nuestro siguiente vuelo. La verdad es que daba miedo salir. En una de las ocasiones que nos aventuramos, pasaron diez segundos entre no caer una gota, a caer el diluvio universal. Un viento huracanado empujando una densa cortina de agua, que apareció entre la calma mas absoluta. Un minuto después estábamos en medio de la carretera, empapados, rodeados de  gritos, ayudando a sacar motoristas de debajo de un enorme árbol. Otro de nuestros paseos nos llevó a compartir cena con Álex, un hombre local, que se sentó junto a nosotros. Muy majo toda la conversación, hasta que de repente pasó a ofrecernos, indistintamente, vehículos para movernos por la isla o chicas asiáticas que llevarnos a la cama. Nos iba enseñando fotos en su móvil, tanto de coches como de las muchachas, e iba relatando las cualidades de ambos “servicios”. Nos fuimos alejando de él a cámara lenta, sin darle la espalda y sin dejar de sonreir.

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Tras el rescate

Hasta que finalmente estábamos en el aeropuerto de Bali, a punto de coger el que ansiábamos fuese nuestro último transporte, el que nos hiciera llegar a Flores. Por supuesto, antes hubo una tormenta más fuerte que el odio que me inspira la prensa española, y sufrimos un retraso de más de cuatro horas. Pero finalmente, el avión más vacío que he cogido en mi vida, literalmente con cuatro pasajeros, nos dejaba en Maumere, la deseada Isla de Flores. Nos quedaban dos semanas por delante para cruzar la isla de los volcanes, de las tribus, los dinosaurios y las enfermedades por contraer…

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