Lombok Style

Nada más subir al avión, el azafato dirigíose a mi persona: “Keep that smile in your face, sir. The world need more smiles like this one”. Y no sé si me estaba dando ánimos para afrontar los monzones, le habían hecho efecto las anfetaminas o es que yo estaba arrebatadoramente bonito (a veces me pasa), pero me hizo mantener la sonrisa.

Cruzamos la línea del ecuador, aunque en realidad Lombok era más que eso, una frontera más grande dentro del viaje. Allí nos esperaban reencuentros, despedidas y los monzones. El principio de los monzones… Nuestra primera parada en Indonesia era también nuestra primera larga estancia del viaje, una semana en esta isla de dos caras.

Copri y Cantero, llegando unas horas antes, tenían la misión de conseguir un buen alojamiento para todos y así lo hicieron. Casita con cocina para los cuatro, en Together Homestay (300.000 Rp/noche con desayuno), donde adoptamos a Scooby, un cachorrito al que protegíamos de las bandas callejeras perrunas que abundan por el pueblo. p1020736

Nuestro destino en Lombok fue Kuta, un pequeño pueblo del sur de la isla. Por varias referencias escuchamos que era como la costa de Bali, pero hace 10 años, antes de toda la perversión turística que abunda hoy en Kuta (Bali). Es un pueblo pequeño y agradable, con una playa bonita y con otras muy espectaculares a tiro de scooter, además de unas olas geniales para surfear. Tanto si buscas tranquilidad como fiesta, Kuta es una buena opción.

Pero esconde una triste verdad. Es como que si ese monstruo llamado turismo de masas hubiese dado un paso más allá y no sólo se estuviese devorando la fachada del pueblo, sino también su alma. Y me explico. Es muy normal ver como llegan los promotores a un sitio, construyen, atraen gente y con ello, poco a poco, los negocios locales suben precios y se van adaptando adaptando a la demanda extranjera. Lo que me impactó aquí es que se ha comido la cultura local. Ya casi no queda nada de lo que fue un pueblo pesquero, incluso el mercado está relegado a una zona apartada. No hay casi ningún negocio autóctono, todo está dirigido al turista; hostels, restaurantes, tiendas (todas venden lo mismo), escuelas de surf o transportes. Pero lo más preocupante son todos los jóvenes y niños.

Los jóvenes se comportan, visten, mueven y hablan como la “clase” surfista, aquella que llevan viendo y admirando, supongo, más de diez años. Todos. Y los niños, es peor. Ves como una gran cantidad de ellos venden pulseritas de bar en bar, cargando un par de simples expositores de cartón y la obligación que les acompaña. Niños que empiezan su paseo a las 9.00 de la mañana y lo arrastran hasta más allá de la 1.00 de a noche, por los pubs o bares nocturnos. Algunos se levantan a las 5.00 para ir al colegio, a otros directamente los ves desde primera hora ofreciendo “su” producto. Y por la noche puedes encontrarte algunos de los jóvenes pseudo-surferos, vendiendo setas con insistencia y paseando su borrachera por las pistas, fumando o intentando acabar con alguna extranjera veinte años mayor que ellos. La verdad es que impacta como casi se ha desvanecido la cultura local y asusta un poco ver las nuevas generaciones, educadas por y para el turismo. Parece tener poco remedio. Y eso que no he hablado del mega proyecto que se está empezando a construir en primera y segunda fila de playa. Si muchas veces afirmo que alguno de los sitios visitados serán muy diferente en varios años, Kuta es la hipérbole.

Eran los últimos días de Cantero y Copri antes del regreso a Europa, su última oportunidad de volver con un color de piel con el que provocar envidias y alguna historia que añadir a su diario de viaje. Con la moto visitamos algunas de las playas cercanas y por las noches filtramos algunas birras, acompañados de conciertos en directo.

A parte de probar una noche el pescado local, entre ellos el “trigger fish” que casi acaba con Manu hace dos años, descubrimos un par de sitios que vale la pena recomendar. Siguiendo la calle principal, al llegar al Reggea Bar, girar a la izquierda y seguir 5 minutos hasta el Warung Jawa. La mujer cocina de vicio y tiene el Nasi Campur más barato “in da town” (10.000 e vegetariano/ 15.000 con pollo o pescado), además cada día cambia el aderezo del mismo. Y como él dice, es el único bar de la isla que retransmite La Liga. Y recomendado por nuestro amigo del Jawa, está el Jawa 1. En la calle principal, junto al Scubba Frog. De lo más barato de la zona, con muy buen Sate, Soto y Campur. Además hace zumos buenos y baratos, que no abundan en el pueblo, y la señora es encantadora. A su favor, un día les dio de cenar a un par de niñas que intentaron vendernos pulseras.p1020836
A parte de recorrer y yacer en las playas, Cantero y Manu se atrevieron con el surf una mañana. Vinieron dos jóvenes autóctonos, tras el desayuno, a buscarlos en sus scooters y llevarlos a darles una lección sobre las olas. Fue muy divertido ver a Cantero, con su 1,90 de altura, montarse como paquete en la moto, mientras un local, más bajo que yo, conducía. Me hubiese gustado verlos tomar una curva cerrada… Y mientras ellos cabalgaban las olas, Copri y yo pactamos en la playa con unos chavales irnos en su barca a pescar. Varias veces pensamos que nos habían estafado, pero siempre aparecían en el último momento con alguna excusa para aplazar la cita, debido a la gran resaca que llevaban encima. Finalmente acabamos saliendo dos horas y media tarde, pero disfrutamos de una mañana en alta mar, aprendiendo algunas técnicas locales, riéndonos al ver cómo disfrutaban ellos con cada víctima extraída del mar (“My friend, my friend, it’s big! Hahahaahaha!) y capturando las nuestras propias.

Al llegar a casa, con la que sería nuestra cena marina, nos encontramos con que Sebas y su tabla de surf habían llegado antes que nosotros. Así que hablamos con el dueño del hostel y nos permitió añadir una cama más a nuestra casita familiar, por el mismo precio. Esa noche, con nuestras capturas mañaneras, hicimos un curry de pescado y coco, acompañando algunos pescados a la parrilla. Y estaba bueno a Megazord. Invitamos a Bruno, el dueño del hostel, a una ración y al poco rato asomaba de nuevo la cabeza por nuestra puerta para ver si podía repetir. Todo ello regado con alguna cerveza Bintang y “brom”, vino dulce de arroz, perfecto para conseguir una dulce resaca. Y es que era la última noche de Cantero y Copri, así que había que celebrar que nos dejaban 😀

Tras una despedida emotiva y épica a partes iguales, con todos arrodillados y llorando en el barro, mientras una jauría de perros mojados aullaba con pena junto a nosotros enfangados torsos, se fueron. Copri y Cantero dejaron el viaje y las historias en este blog. Así que olvidaos de ellos… Los últimos dos días, siendo ya un simple trío, llovió en demasía. Para mí gusto, eh, lo siento si indigno a alguien. Los pequeños momentos de claros en el cielo los aproveché para pasear, mientras Sebas intentaba depurar la técnica surfera de Manu. Creo que sin mucho éxito, a Manu le queda un largo camino para domar las olas.

Y así llegamos al final de nuestros días en Kuta. La útima noche se celebró una barbacoa en el hoste a la que nos apuntamos, pero de la que nos marchamos pronto, pues nadie parecía querer socializar con nosotros. A mí me llegaron a dar la espalda en plena conversación, cerrando cualquier puerta a que continuase demostrando mis consumadas habilidades sociales, creando un pozo de odio y venganza en mi interior, que algún día será saciada. Me acuerdo de su cara… Al día siguiente nos despedimos de Sebas (hasta dentro de unas semanas) y nos subimos al coche, rugió el motor y empezamos a ver pasar el bonito paisaje tropical a través de los cristales velados. Aquí empezaba nuestro camino a Isla de Flores, el trayecto que debía durar 24 horas y acabó durando cinco días. Pero eso son historias para próximos post. Bueno, de hecho, para el siguiente: La odisea de Flores…

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