Malaca Town en almíbar

Dejábamos Cameron Highlands con algo de pena y ya añorando sus frescas brisas, para dirigirnos al sur del país. Parada técnica en Kuala Lumpur, para cambiar de bus y empezar a ser conscientes de la magnitud, no de sus enormes edificios, sino de los esqueletos de sus futuros gigantes de hormigón. Y es que la abreviada KL, es una masa creciente que se extiende cual lava por los alrededores. Donde mires encuentras edificios en plena construcción. Pero esa historia ya llegará, nuestro objetivo era la ciudad con nombre de insulto griego, Malaca o Melaka.

Desde Kuala Lumpur te plantas en Malaca en apenas hora y media de viaje, y a buen precio, 11 MRY. Desde la terminal de buses la manera más sencilla de acceder al centro histórico es el bus público, el número 17 te lleva en 20 minutos. Y ya está, así de fácil te plantas en otro patrimonio de la humanidad, reconocido como tal por la UNESCO en 2008. Esta denominación la alcanza por la conservación de la arquitectura colonial que caracteriza su centro histórico y es que esta ciudad fue uno de los puertos más importantes de todo Asia desde el s.XVI hasta el s.XX. Primero fueron los portugueses los que la convirtieron en su base principal, dominando el estrecho de Malaca. Más adelante sería tomada por holandeses y luego ingleses, hasta que la perdieron en la Segunda Guerra Mundial, a manos de Japón, en el 1942.

Su centro histórico está encuadrado en China Town, no es muy grande, en un par de días se puede ver Melaka de sobra. De hecho al ser tan pequeño y recogido, sobre todo en dos calles principales, acaba agobiando un poco. Ves que todos los edificios están cubierto por carteles, tenderetes y letreros con ofertas, la gente se acumula en ese espacio reducido y te atacan frase en boca “What do you want? … You buy…”. Sobre todo pasa los fin de semana, cuando convierten Jonker Walk en un mercadillo nocturno, pero solo apto para turistas. Hablo ya como un viejo que está harto de ver como cada patrimonio de la humanidad se explota hasta el exceso y se arruina, pero a muchos les gustará y no deja de tener algún encanto cuando están todos los farolillos iluminando la calle. También en fin de semana, al final de la misma calle, se podrá encontrar un karaoke hasta las 23.00.

Nosotros evitamos el centro para alojarnos, sabiendo que la zona de la Plaza Mahkota es más tranquila y barata, y en 10 minutos andando te plantas en China Town. Acabamos los cuatro en una habitación para tres, con un colchón en el suelo (17,5 MYE con desayuno/persona) en el Lavender Guest House. Allí conocimos a Peter, un ex DJ canadiense con el que entablamos una especie de amistad. Aunque a veces al bajar, lo hacía rezando a cualquier inexistente Dios, con la esperanza de no encontrármelo y poder desayunar tranquilo. Porque si empezaba a hablar no había quien lo parase… Por cierto, muy recomendable el restaurante chino justo bajo el hostel, un puesto de sopas caseras riquísimas.

Pese a la pequeña vejación a la que se ha sometido a su centro histórico,  por los alrededores se pueden dar agradables paseos. Por ejemplo al alejarse del tumulto turístico siguiendo el río en dirección a Little India, puedes descubrir que gran parte de las fachadas que miran al agua están adornadas con arte callejero, que se refleja en su curso. Además suele haber muy poca gente que siga este paseo por la orilla, hasta consigues algún momento de paz.

Otro de sus grandes atractivos debería ser su gran mezquita, situada en una isla artificial frente a la ciudad, la más bonita que vimos en el país. Alquilamos unas bicis y nos acercamos a conocer un antiguo cementerio árabe convertido en parque y luego seguimos pedaleando entre varias mega construcciones que harán crecer la ciudad en poco tiempo, hasta la Mezquita del Estrecho de Malaca. Cuando el nivel del mar crece, crea el efecto óptico de estar flotando sobre el agua. En ella pasamos un buen rato imbuyéndonos de su paz, hablando sobre el islam con uno de los responsables de la mezquita y esperando a que Copri y Cantero acabasen de sentirse santos o algo similar. Estaban muy raros…

Como todas las ciudades, alejándote un mínimo de las zonas turísticas acabas encontrando un ambiente animado, rincones que llaman tu atención o personas a las que recordar. En uno de estos paseos descubrimos a una señora que llevaba una licorería desde hacía 40 años, pese a no beber nada de alcohol. Es la herencia de su padre y de su abuelo, con ella nos tomamos unos chupitos de rico licor de lichi, para bajar la comida. Y es que si hay algo más típico en Melaka que la arquitectura colonial, son sus fabulosos “satay”. Pinchitos de pollo o ternera hechos a la brasa, que se acompañan de una deliciosa y picante salsa de cacahuete. Solo recordar lo tiernos que eran y esa salsa goteando por mi barbilla, se me pone cara de Homer Simpson pensando en rosquillas.

Y poco más, que sepáis que me ha dado pereza escribir este post, atrapado entre monzones como estamos Manu y yo. Ya veremos cómo saldremos de esta… (¡en el mismo Batblog de siempre, cuando a mí me de la Batgana!).

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