Hpa An II

Una vez dentro de Myanmar, y tras una primera toma de contacto; durmiendo en sus cutres hostales, saboreando la cerveza Mandalay al atardecer y conseguir un gran fajo de billetes Kyats, era hora de hacer una inmersión profunda. Nos levantamos tras una noche de descanso compartida con las chinches y nos hicimos con unas motocicletas. Salíamos en busca de fiesta.

Nos montamos en nuestros nuevos compañeros motorizados, y tras varias vueltas al pueblo buscando la salida, marchamos a recorrer caminos de tierra. El primer objetivo era encontrar la fiesta a la que Marina y Marc habían sido invitados por una familia birmana el día anterior. El problema es que la jornada anterior hicieron ese camino a oscuras y no seríamos capaces de encontrar de nuevo la ubicación. Pero por el camino nos dedicamos a visitar templos, perdernos por campos, recorrer caminos de arena y  circular junto a sonrientes locales. La zona que rodea Hpa An está llena de cuevas (cada una con su templo sagrado), donde caminas descalzo por largos túneles y sobre mierda de murciélago. Muchos de estos sitios están decorados cual casino de Las Vegas, budas convertidos en “putas” que ofrecen sus servicios junto a las estalactitas, que se convierten en oscuras esquinas callejeras iluminadas por ´luces tenues. Si el budismo es un espectáculo único en Asia para los visitantes occidentales, en Myanmar se le da otra vuelta de tuerca. Las reglas se hacen más laxas y ves representaciones y comportamientos que no verás en otros países del entorno.

Pese a ser final de la temporada seca, Hpa An nos sorprendió rodeada de bastantes lagos, ríos y verde vegetación, en contraste a lo que nos encontraríamos en el norte del país. Tras una mañana recorriendo en grupo, tras la comida, Marina y Marc se separaron del grupo y nos dejaron a Xander, Andrea, Nico y yo perdiéndonos entre los polvorientos remolinos que levantaban nuestras motos al deshacer los arenosos caminos.

 

La casualidad quiso que nuestro reducido grupo se encontrase de frente con la fiesta que estuvimos buscando sin éxito por la mañana y a la que fuimos invitados. En ese momento no fuimos capaces de averiguar cuál era el motivo de la celebración, días después supimos que era la “donación” de dos niñas al budismo, era su último día con las familias, antes de convertirse en monjas novicias. Allí nos agasajaron con mucha comida, especialmente picante, y bebidas varias. La comunicación fue breve, porque estaban más pendiente de la fiesta y nuestro birmano aún estaba por pulir. Pero no hizo falta, su hospitalidad era más que suficiente para hacernos sentir parte.

Finalmente nos reunimos con Marina y Marc en la batcave, donde esperábamos contemplar la estampida de miles de murciélagos saliendo de la cueva al caer la noche… Creo que si vimos veinte, estoy exagerando. Pero no pasaba nada, nos fuimos a domir contentos sabiendo que al día siguiente nos esperaba una nueva experiencia.

Mañana tranquila, en la que Xander abandonaba el grupo y tras las que nos subimos al transporte local, lleno hasta límites insospechados de gente, fardos y miradas curiosas hacia nuestra presencia. Le pedimos al conductor que nos parara junto a la carretera para seguir nuestro camino a pie hacia el monte Zwegabin, con la i´lusión de pasar la noche en el monasterio de su cima. Un rato de caminata nos llevo a la ladera de la empinada escalera. Estuvimos más de hora y media subiendo, mientras íbamos empapando nuestra ropa y fuerzas, conociendo a simpáticos birmanos que suben cada día y quedando en ridículo ante la velocidad de subida de los portadores que ascendían con neveras enormes llenas de productos para los monjes y visitantes. Y tras 3633 escalones llegábamos al monasterio, dónde íbamos a conocer de primera mano y por primera vez la otra cara del budismo en Myanmar.

Nada más llegar, los monjes nos pidieron una donación de 5.000 Kyats. Era la donación mínima, pero preguntamos para donar más y nos dijeron que no. Curiosas reglas para una “donación”. Tras una ducha fría y dejar los trastos junto a la esterilla que haría de cama, aparcamos nuestros cansados cuerpos junto a la pagoda principal y disfrutamos del resto de la tarde viendo llegar a muchos locales que venían a rezar y compartir momentos con los monjes y se acercaban con curiosidad a nosotros. Hasta que llegó a hora de la cena.

Fue muy curioso como, tras la retirada a dormir de los monjes mayores, los pequeños monjes volvían a convertirse en niños. Se reunían con amigos que subían desde la ciudad, jugaban, gozaban viendo videos en los móviles y escuchaban rap birmano. Nosotros tampoco tardaríamos mucho en caer, el calor y el esfuerzo nos ganaban la partida una vez más y en todo templo se madruga. Y valió la pena, pues vivimos un amanecer muy especial. El monje de turno rapeando los rezos por a megafonía desde las 5 am, el resto rezando junto a la pagoda, los niños iniciando las tareas diarias, los monos invadiendo todo el monasterio en busca de cualquier tipo de alimento… y mientras el monasterio sobre volando por encima de las nubes, esperando a que el sol apareciese por un segundo horizonte espumoso, que formaban las nubes.

Madre mía, este post se me está yendo de las manos, pero es que aún faltan tantas cosas que explicar de estos días. Y es que estos días posiblemente fueron los que me hicieron darme cuenta de que tenía a mis compañeros de viaje perfectos para el resto del país. Así que si queréis saber más cosas, será delante de una cerveza o en otro post.

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2 comentarios en “Hpa An II

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