Ha Noi, empieza otro viaje

De vuelta en la capital vietnamita. Aunque la llegada fue un poco surrealista, pues llegamos a las 6.00, pero no salimos del bus hasta casi las 7.00. Preguntamos al conductor si habíamos llegado a Ha Noi y nos dijeron que no. Insistimos al ver que todo el mundo desciende del bus, enseñando un mapa de la ciudad y nos vuelven a negar. Nos quedamos tumbados esperando a que vuelva a arrancar, pero al final, viendo que encargados del bus se asomaban y nos miraban extrañados, dedujimos que sí habíamos llegado. Así que sacamos el móvil y lo confirmamos en Maps.me, hacía casi una hora que estábamos en Ha Noi…

Último día juntos, poco tiempo para pensarlo. Estuvimos dando vueltas, mirando como llegar al aeropuerto (hay unas minivans que salen cada hora, o cuando están llenas hacia el aeropuerto, en la esquina Tràng Thi con Trieu Quoc Dat, por 2 $. El taxi cuesta unos 18$)  y conteniendo la fiebre consumista de Elena. Ya por la tarde, unas cervezas de despedida y poco más. La mañana siguiente, sin casi tiempo para decir adiós, Elena se esfuma, recuperaba su vida y me dejaba solo. Y es que esa es la sensación que me quedó, que ya estaba esperando y que forma parte del viaje. La soledad.

Es una conversación que ya he tenido varias veces con otras personas que viajan solas, esa ansiedad, ese vacío que de repente vas a tener delante. En realidad pocas veces viajas lo que se llama solo, cuando quieres o por casualidad, encuentras otros viajeros con los que compartir, conversar, beber una cerveza o hacer algunas etapas del viaje. Pero cuando has encontrado una persona o grupo con el que moverte un tiempo, es diferente. Todos saben que en algún momento los caminos se separarán, y está bien, nuevas personas y lugares vendrán, pero puede no hacerse fácil. Da igual si han sido dos meses o una semana, en ese poco tiempo se vive tan intensamente, que la conexión es más fuerte de lo que parece. Te haces una familia viajera y de repente se rompe. Ya me pasó en Sudamérica (con Dalva y luego Sophie) y era consciente de que ese momento llegaría en Asia. Después de tantos días de compartir con Sofi, Elena y finalmente, el grupo de Phong Nha, te acostumbras a no decidir todo por ti mismo, a no estar atento a todo, a dejarte llevarte llevar en ocasiones y a despertarte cada día cerca de alguien conocido. De repente vuelves a salir de tu zona de confort, pues habías creado una nueva, estando fuera de tu zona de confort habitual. Así que, pese a que sabes que es irracional y que en dos días habrá pasado, sientes ansiedad. Miras los días y parecen tener demasiadas horas que rellenar, demasiadas decisiones que tomar y nadie en quién apoyarte… ¡Mentira! Te tienes a tí mismo, solo necesitas calmarte. Es “incómodo”, pero a la vez es genial, vuelves a tener el control sobre todo. Vas a hacer sólo lo que a tí te apetezca, cuándo y cómo quieras. Pero tienes que relajarte para volver a sentir esa sensación. A mí lo que me funciona es pasar de visitar algo en concreto, simplemente ponerme música y salir a pasear, a perderme. A observar toda la vida que se mueve  mi alrededor, dejarte fluir por la música, que ese riff o grito lleno de rabia te ayuden a desfogarte, a limpiarte de miedos.

Simplemente mirar de nuevo con curiosidad, pensar dónde estás y dejarte fascinar por lo que pasa a tu alrededor. Recuperar sensaciones. Recordar que cuando te quedas solo es cuando vas a conocer a más gente, cuando más cosas te van a pasar, estás abierto a todo. Hay más incertidumbre, pero esa es la gracia de viajar solo, lo que has salido a buscar. Esas horas vacías que tanto miedo dan se van a rellenar ellas solas de historias y anécdotas. Y dos horas de paseo musical, recorriendo un terreno desconocido, respondiendo algunas sonrisas desconocidas, te devuelven todo el ánimo caído. No necesitas a nadie, venga lo que venga vas a estar bien, que os den por culo a todos. Y es que pensadlo, debe ser fascinante ser yo.

Estos tres días en Ha Noi fueron muy tranquilos, recuperado de la soledad, tocaba exprimirla. Primero me cambié de hostel, al Hanoi Rocks. Dorms enormes, pero muy nuevos, con desayuno buffet incluido y cerveza gratis de 18.00 a 19.00, no sólo para clientes, para todos (5$/noche). Allí compartí horas de cañas con un brasileño, una belga y un señor japonés ya mayor, que me contó como tras morir su mujer había salido a viajar (nunca antes había salido de Japón). No visité ningún monumento en concreto más que el mausoleo de Ho Chi Minh, al que no acabé entrando, porque había una cola de más de una hora. No me apetecía esperar tanto, para luego pasar treinta segundos junto a un cuerpo embalsamado y volver a salir al exterior.

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Mausoleo de Ho Chi Minh

El mausoleo se puede visitar todos los días, excepto domingos, de 9.00 a 12.00 y es gratuito. Aunque hay tres meses al año que envían el cuerpo a Rusia, para su mantenimiento. A mí me gusta pensar que en realidad organizan unas olimpiadas de momias y que Ho Chi Minh es el capitán de la selección de volleyball de los Comunistas Muertos. Compite duramente durante tres meses y vuelve luego a descansar sus restos óseos, orgulloso de sus saques y remates, que han ayudado a derrotar al equipo capitalista, encabezado por Walt Disney criogenizado (que ya sé que no está congelado, que es una leyenda urbana… queréis meteros en la historia y no ser tan tiquismiquis, ostia puta). Durante la inauguración de las olimpíadas, siempre utilizan la momia de Hitler, es la estrella del show. Porque todo el mundo sabe que la incineración del cuerpo del “führer” fue una gran falacia, los rusos tienen el cuerpo momificado y lo usan para reírse de él. Hacen representaciones teatrales con el cuerpo del bigotudo austriaco vestido de sirvienta sexy, sirviendo a Joseph Stalin el vodka. Luego la momia de Stalin acaba dando por culo a la de Hitler y la obra acaba a gritos de : “El martillo ha penetrado y destrozado a la esvástica”. Este año las momimpíadas se celebran tras las paraolimpíadas, hacia octubre. Desde este blog os informaremos de dónde comprar los boletos, amigos.

También es interesante acercarse a ver como el tren circula por en medio de la ciudad antigua, entre callejuelas que cada día se han de despejar, a eso de las 14.25, para que éste pueda cruzar por ellas. Y por supuesto disfrutar de sus cafeterías, con sus diminutas mesitas y sus taburetes a juego, mirando hacia la calle. Pedirse un delicioso Ca Phé con leche condensada y ver pasar la animada vida vietnamita ante tus ojos, debe ser una de las actividades indispensables en la capital. Para comer bien en Ha Noi, hay que ir a un callejón junto al mercado central, en el Old Quarter. Entre las calles Cau Dong (tocando el mercado) y la calle Hang Chieu, hay una pequeña callecita, Ngo Hang Chieu, que se llena de gente local a la hora de comer. Comí en tres puestos diferentes, todos riquísimos y bien de precio. Pero sobre todo buscad un puesto que tiene colgado un cartel de “Pho Thyu”, de largo la mejor sopa de Vietnam.

Y sobre la ciudad no tengo mucho más que contar, pero si me gustaría hablar de los vietnamitas. Antes de viajar, bastantes personas de las que me fío, me habían comentado que Vietnam decepciona sobre todo porque acabas asqueado y harto de la relación con los locales. Durante estos meses varios viajeros también me lo habían comentado. Así que llegué con alguna reticencia, pero no me ha parecido tan exagerado. Es cierto que en las zonas turísticas no son muy simpáticos, que engañan o hay que regatear duro para conseguir un precio normal. Pero, ¿habéis cruzado cualquier frontera con Camboya, donde te estafan/roban en la cara y no puedes hacer nada? ¿Habéis intentado negociar un tuk-tuk o coger un taxi con taximetro en Bangkok? Los trabajadores del sector turístico en el sudeste asiático, en su mayoría, ven a los viajeros como billeteras andantes y Vietnam no es una excepción. Además de que, como pasa en todo el mundo, el turista no suele tratar muy bien a la gente que le atiende, y estos acaban hasta las pelotas. Añadidle a esta premisa, que hablamos de un estado comunista, osea, un estado que vigila y controla a sus ciudadanos. Si fueses a la URSS o la antigua Alemania del este, no esperarías que fuesen simpáticos, abiertos y ayudasen en todo. Esperas que sean algo cerrados. Y pese a ello, hemos encontrado gente muy abierta y amable por todo Vietnam, que nos han abierto las puertas de sus casas, que han acudido en nuestra ayuda o nos han invitado a sentarnos en su mesa a beber o comer, orgullosos de ofrecernos y enseñarnos lo poco que tenían. Aunque es cierto que estos encuentros han sido saliendo un poco del circuito más turístico, para lo que no se requiere mucho esfuerzo, sólo intención.

Y hasta aquí llegó Vietnam, un país para el que me faltaron días y al que quiero volver. Me da la sensación de que queda mucho por descubrir en el norte, y Tam Coc no se salva de otra visita… Pero ahora toca centrarse en la siguiente etapa, empieza un viaje nuevo. Cambio de cultura, cambio de regimen, cambio de país, nuevos y antiguos compañeros de viaje esperan. ¡Myanmar espera!

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