Ha Giang

Llevas todo el día fuera de casa, deseando llegar para quitarte los zapatos y comerte algo bien rico (that’s what she said!). Tal vez esperabas un buen trozo de carne, algo de suculenta pasta, esa delicia que lleva dando vueltas en tu cabeza todo el día. Pero, ¡oh tragedia!, profundo pozo de decepción, oscura tormenta en tu corazón. Pescado… Lo único que podía hacerte acabar bien el día, fastidiado… Te acabas sentando a la mesa, delante de ese cadáver marino acompañado de ensalada, al que odias, sin siquiera conocerlo. Te resignas y cortas el primer trozo con rabia, como volviéndolo a matar, listo para masticarlo con violencia. Pero tras el tercer bocado estás sorprendentemente disfrutando. No es lo que ansiabas, es distinto, pero maldita sea, te gusta. Ha Giang fue nuestro pescado post Tam Son.

Y es que al llegar a Ha Giang descubrimos que era una ciudad, una bastante grande. En serio, creíamos que era algo pequeño, entre montañas, ríos y arrozales. ¿Dónde estaba la tranquilidad y encanto que nos habíamos prometido? Con esos primeros sentimientos de decepción, dejamos las cosas en el hostel y salimos a pasear, a recorrer sus calles y espinas, a ver qué gustos nos encontrábamos. Y poco a poco fuimos encontrando sabores inesperados, nuestro paladar viajero se estaba saciando.

Una primera exploración de la ciudad, tomando el sol frente a los monumentos comunistas, visitando el mercado y, por supuesto, parando a comer una Pho, nos presentaba un ambiente distinto al que esperábamos. Efectivamente, una gran ciudad, pero sin el caos común de las urbes asiáticas, sin turistas y llena de pequeñas actividades.

Vagábamos sin saber muy bien qué hacer. Difícil pedir consejo, nadie que hablase más de dos palabras en inglés… hasta que un ciclista frenó su pedaleo y se interesó por nosotros. ¡Hablaba inglés! y nos invitaba a acercarnos a su hotel, para explicarnos qué se podía hacer por los alrededores. Como caído de cielo… pero con paracaídas, sin morir estampado contrael suelo. Dung, así se llamaba nuestro héroe, nos imprimió un mapa y nos señaló varias actividades o visitas a realizar en Ha Giang y sus alrededores. Hasta nos dio su contacto, para llamarle si había algún problema. Así que los siguientes días seguimos sus consejos y la cosa funcionó.

Esa misma tarde emprendimos la subida a Nui Cam, montaña frente a la ciudad donde tras una dura subida te encuentras un pequeño templo, antiguas fortificaciones y unas buenas vistas, que llegan, literalmente, hasta China. Allí nos quedamos dos tranquilas horas, gozando del paisaje, las alturas y la puesta de sol. Hablando poco, creo que disfrutando de nosotros mismos, pensando, leyendo o ensayando “la mirada al infinito”.

Tras la caída del sol empezamos el descenso, aunque tan sólo diez escalones después, paramos. Primero, la vibración de un rítmico gong nos freno en seco y luego nos guió hasta el templo inferior, donde la monje que lo habita estaba haciendo retumbar el enorme plato metálico. Unos peldaños más abajo nos sentamos a observar como golpeaba el gong, mientras entonaba sus rezos, transmitiendo una vibración especial al ambiente, en la que nos vimos envueltos. Hasta que ella misma rompió la atmósfera, deteniendo con su mano la suave vibración. Entonces se dirigió a nosotros, nos invitó a sentarnos y beber una taza de agua con ella (la primera persona local que no me ofrecía alcohol en días). Fue imposible comunicarnos con palabras, pero tampoco hacía falta, esa señora emanaba paz. El silencio y alguna sonrisa estaban bien. Luego nos llevó al interior del pequeño templo, para enseñarnos donde vivía y compartir junto a ella unas oraciones a Buddha, lo cual hicimos encantados. Ella guiaba y nosotros le seguíamos lo mejor que sabíamos. Poco después nos despedíamos, agradeciéndole el momento compartido y continuando con el descenso en silencio, supongo que ambos paladeando la situación vivida e imaginando su vida en soledad. Sin poder llevar a cabo una comunicación verbal, ésta se había producido con la voluntad. Es raro como a veces las intenciones transmiten más que las palabras, curioso lo rápido que lo olvidamos.

Mientras el día entraba en la noche, nosotros entrábamos en la ciudad, en busca de algo que llevarnos a la boca. Y aún antes de meternos entre las sábanas, recibíamos noticias de Estela. Al día siguiente tendríamos compañía, ella y sus compañeras de viaje llegaban a Ha Giang por la mañana.

Despertar sin prisas. Una o puede que hasta dos evacuaciones gástricas (estoy muy en forma). Dejar las mochilas en la recepción y salir a desayunar. El plan era encontrarse en una cafetería con toda la tropa, antes de salir de excursión hacia un pequeño pueblo rodeado de arrozales, recomendado por Dung. Pero de camino a la cafetería pecamos, nos entró la gula, y unos panecillos tostados cubiertos de paté llamaron nuestra atención. Nos sentamos en una de las ya habituales pequeñas mesitas, con sus diminutos taburetes, mientras la señora nos los preparaba. Pero en estas aparece el marido y se sienta a charlar con nosotros, se ausenta un momento y vuelve con una botella de té. Nos rellena las tazas y propone un brindis. Sorbemos. Mi cerebro se activa, ¡algo está mal! Son las nueve de la mañana y por nuestras gargantas está deslizándose, cual torrente de lava, un buen chorro de  whisky de arroz. ¡Putos borrachos de ojos rasgados! ¿Qué les pasa? Aún no he comido nada… El señor se carcajea de nosotros, el cabrón había traído el licor encubierto en una botella de té afrutado. Al final, por su insistencia y nuestro savoir-faire, acabamos nuestra taza y tenemos que negarnos a otra, para llegar al punto de encuentro.

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Nuestro barman mañanero

Poco después llegaban Estela, Sara y Miren, desayunamos, pasamos a comprar algo de fruta por el mercado e intentamos salir de la ciudad. No es que nos costase abandonarla, pero encontrar el camino de salida correcto no fue tan fácil. Bueno, en realidad lo era, sólo había que seguir la carretera principal, pero antes probamos todos los pequeños caminos que llevaban a ningún sitio. Además, todo se hacía más confuso al pedir indicaciones a las señoras que por allí paseaban. Y es que el nombre del pueblo al que nos dirigíamos es Thon Ta (pronunciado: “tonta”). Acercarte a una maja vietnamita, rodeada de sus churumbeles que corretean tras los perros y preguntarle.

– ¿Thon Ta? – Mientras señalas en una dirección, con dedo inseguro. Ella no entiende tu pronunciación, así que te acercas más y repites despacio.

– Thon Ta. Tooooontaaaa. – Lentamente y vocalizando, en la cara de la señora, que se esfuerza por ayudarte. Mientras, estoy yo detrás, que no puedo aguantar la risa. El retraso mental que arrastro cual condena vital…

Al final, tanto Thon Ta, monta tanto, que los tontos piel blanca encontramos el camino. Pero según avanzábamos nos íbamos asustando, seguíamos una carretera, pasando por casas del extrarradio, todo bastante feo. ¿Han asfaltado los campos de arroz? Pero de nuevo el plato tenía mejor sabor que aspecto, de repente, a la hora y pico de camino, giras una curva y te das de cara con los brotes verdes surgiendo de los campos encharcados. Unos pequeños caminos a la izquierda te adentran en la aldea, pero a nosotros nos va la marcha y sin querer nos metimos directamente por los arrozales de una señora, que desde el linde de los mismos y tomándoselo a risa, nos iba indicando como salir de ellos…

Al final del laberinto encontramos la “calle” principal del pueblo por donde pasear tranquilamente, curioseando un poco aquí, otro poco allá. Hasta que encontramos un cruce de calles, con una rampa, donde nos sentamos a ver pasar la vida ante nosotros y a hablar del sexo de las tortugas (tema muy manido en el viaje). Al final descubrimos que esa pequeña cuesta albergaba más misterios de los que Iker Jiménez puede resolver. En quince minutos de observación vimos pasar antes nuestros incrédulos ojos un desfile de apariciones sin sentido. Una asesina lavando sus cuchillos en una charca, rodeada de gallinas. Una chica vestida en pijama, portando un paraguas en forma de gato y transportando un bidón de gasolina, con el que ves a saber que barbaridad iba a cometer. Gente convertida en mula de carga, llevando la espalda llena de maderas, cien mil huevos, restos de bicicleta o miles de bambús. Vimos pasar a un granjero hacia su pocilga, donde tras unos segundos se oyó algún cerdo gritar de placer y momentos después reaparecer el granjero, con una gran sonrisa de satisfacción en su cara… En fin, un pueblo que vale la pena visitar, todo un espectáculo de paisajes y folclore sin igual.

Antes de recogernos y volver hacia Ha Giang, y como siempre que se juntan Elena y Estela, decidimos ir hacia arriba, subir a descubrir las vistas de la montaña colindante (podríais montar un club de escalada: “¡Mira siempre hacia arriba! Te enseñamos a escalar lo que sea; peñascos afilados, cuerdas que no llevan a ningún lado o la espalda de tu abuela”). Atravesamos un precioso bosque de palmeras, cruzamos por un prado de flores, hasta llegar a la cima. Impensable ese paisaje a un corto paseo de la ciudad.

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Sara, tras el árbol, Estela, Elena y Miren gozando de las vistas

Y es hora de volver, pues a Elena y a mí nos toca embusarnos de vuelta a Ha Noi. Elena debe volver a las tierras del norte, junto al muro, a vestir el negro, montar en su salvaje bici y defendernos de los “White walkers”, y a mí me toca seguir camino. Antes aún tenemos tiempo de compartir una Pho y un Ca Phé con las chicas, y esperar encontránoslas de nuevo en brevas. Les queda aún un largo camino… Así que rumbo Ha Noi, llegando a la meta de Vietnam.

La música que podría estar sonando en la cuesta de Thon Ta:

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