El taxi

El concepto ,”Borrachera de sueño”, ¿lo conocéis? Allá vamos…

A Ana le quedaba un día más en Vietnam, a Emma y Marina dos, Estela cambiaba de compañeros de viaje y Elena y yo queríamos salir cuanto antes hacia el norte, para aprovechar los máximos días posibles. El grupo se deshacía, cual galleta Dinosaurio al sumergirse en leche (a poder ser el triceratops, sin duda la mejor), pero aún nos quedaba por vivir una última “aventura”, uno de los highlights del viaje…

En Ha Long conseguimos rápidamente un bus local a buen precio, aunque lo suyo nos costó, porque nos cambiaban de vehículo y cada vez teníamos que volver a negociar un precio que ya habíamos establecido desde el primer momento. Al final, pese al enfado del encargado del último bus, 50.000 VND fue el precio que pagamos, con la promesa de plantarnos en la capital en tres horas, Ha Long – Ha Noi ¡Ha! Ilusos…

Más de cinco horas de trayecto, de las cuales, dos horas debieron ser con la banda sonora del claxon de fondo. Supongo que el conductor tenía un mal día, una mala semana, un mal año o una mala vida, porque no paraba de tocar la bocina, como soltando toda la frustración acumulada con cada pitido. Puede sonar exagerado, pero llegaba a hacerla sonar durante 40 segundos sin descanso, sin que hubiera ningún otro vehículo por los alrededores que pudiese ser el receptor de esa ira sonora. Estaba enardecido o simplemente era un enviado divino, el encargado de activar nuestra transformación. Y a fé que cumplió con su misión. La primera en encender el interruptor fue Emma, que en un momento en el que la bocina había sonado tres de los últimos cuatro minutos, se levantó del asiento y empezó a decirle de todo al conductor. El resto le apoyábamos moralmente, pero estábamos demasiado cansados como para quejarnos. Era la primera señal de que la borrachera de sueño estaba iniciándose, la transformación estaba en camino.

Finalmente llegábamos a una de las infinitas estaciones de bus de Ha Noi, de las cuales ninguna está cerca del centro. La nuestra parecía estar más cerca de China que de la capital vietnamita, así que había que hacerse con un vehí-culo-culo-culo-culo-culo-culo (lo siento, me he hecho gracia, soy muy triste). Proponerse conseguir un transporte es fácil, llevarlo a cabo, cuando tu mente es poco funcional, es otra historia. Nada más asomar la patita por la puerta del bus, ya tienes la multitud de pesados preguntando a dónde vas, ofreciendo taxi, moto, minivan o carro de bueyes. Tras momentos de aturdimiento, y veinte minutos en la puerta de la estación, nuestras opciones se reducen a:

a. Seis motos, una para cada uno, con sus respectivas mochilas y el peor tráfico que os podáis imaginar.

b. Dos taxis, repartirnos tres en cada uno. Contando con que cada taxi nos sale por 200.000 VND. Demasiado caro.

c. Caminar lo que parecen más de 10 km, a las 21.30, sin fuerzas y con todas las mochilas.

Parálisis cerebral. Y de repente, el destino. Apareció un taxista ofreciéndonos el trayecto por 180.000 VND para los seis.  Resulta que teníamos que meternos todos, más el conductor y diez mochilas, en un coche de tamaño menudo. Todo era absurdo, pero todo encajaba. Y que coño, no somos ricos. ¿Nos ofreces el trayecto más barato? ¿Dónde hay que firmar? Yo ni siquiera era capaz de plantearme si era legal o no, señal de que estábamos más que listos para el viaje más surrealista del viaje.

Para que podáis entender la siguiente situación, tenéis que entender nuestro estado mental del momento y haceros cómplices; “La borrachera de sueño”.

Estoy seguro de que casi todos la habéis experimentado alguna vez. También estoy seguro de que la mayoría no la habéis sabido explotar al máximo. Es un estado que se alcanza cuando llevas días durmiendo poco y viviendo mucho, tanto, que tu cerebro no puede asimilarlo. Tu cabeza sabe que no es hora de dormir, pero todo tu ser te pide un descanso total. Además, tu mente, al dormir tan poco ha vivido más de lo normal, por lo tanto tiene más trabajo de asimilación pendiente, que no llega a cumplir por el cansancio. Todo es acumulación, un cumulo de sensaciones que te traslada a un limbo. Y desde Dante al “Faust” de Goethe, todos hemos querido asomarnos a un limbo. Este es el limbo más accesible para una persona viva.

Cuando alcanzas el estado de “borrachera de sueño”, lo mejor es dejarse llevar, no luchar contra esa tontería que te come por dentro. A veces estás tan cansado, que no puedes enfrentarte a tanta estupidez bombeando por tus venas. De hecho, ni te das cuenta, hasta que llevas diez minutos diciendo tonterías o riéndote tu solo. Para entonces ya estás en la nube, tu cabeza está en dos universos paralelos como mínimo, una parte ya está durmiendo y la otra está literalmente en eso, en “un universo para lelos”.

Hay gente que intenta luchar contra esta sensación. Lo juro, lo he visto, esos estúpidos existen. “Oh, que tonterías estoy diciendo. Estoy haciendo el ridículo”. Esa es la peor actitud que se puede tener. Es complicado alcanzar una borrachera de sueño, están muy cotizadas y hay que aprender a disfrutarlas. Me han contado, amigos de amigos, con los que posiblemente nunca he hablado, que puede parecerse a fumar según que tipo de marihuana. Parece que tu parte inventiva se excita, algunos de los vasos sanguíneos del cerebro se empalman y anulan el área del razonamiento, disparando tu imaginación. Es una orgía de tonterías a las que la cordura no está invitada, y si el resto de cerebros de tu alrededor flota en este mismo universo “para lelos”, vagando en el limbo del sueño, tienes la fiesta montada. Si te llega el momento, estás obligado a aprovecharlo. Haz como si estuvieses dentro de un anuncio de Coca-cola, vívelo y conviértelo en un momento memorable. Eso es exactamente lo que nos pasó. Nosotros tuvimos la chispa perfecta, Ana fue la que nos acercó a todos hasta ese éxtasis, la jugadora clave. Como cuando un maestro de ajedrez encuentra una fisura en la defensa rival y hace el movimiento perfecto, ella anticipó nuestro jaque mate, y nos llevó al orgasmo en el momento oportuno…

Subimos. Cada uno de nosotros adquirió una forma del Tetris y nos esforzamos para encajar en el taxi. Conductor frente al volante. Estela y Ana como copilotos. Estela sentada en el asiento, y a su vez haciendo de asiento para Ana, con las mochilas encajadas entre las cuatro piernas. Detrás, Marina, Emma, Elena y yo, sentados, o desmontados entre tres supuestos asientos y varias mochilas. Yo me recuerdo acurrucado contra la ventana, junto a Emma, pero con Elena situada entre los dos y, a la vez, encima de los dos. La cuestión es que con el puzzle humano a medio montar, arrancamos. Y aquí arranca mi problema; jamás seré capaz de describir lo ocurrido en el interior de ese vehículo. Esto es un vago intento.

Sin comprobar nuestra situación o nivel de asfixia, el taxista arranca el motor, y así nos alejamos del tumulto que supone la estación de buses, para adentrarnos en la constelación de luces que ilumina Ha Noi. Como siempre en Asia, el conductor se pone en marcha sin siquiera saber a dónde nos dirigimos, así que, ya enfilado hacia la ciudad, pregunta.

– Hanoi Rocks Hostel. Le aclara Estela, por tercera vez.

El conductor asiente y devuelve los ojos a una calzada ligeramente iluminada, junto a la que se puede intuir el contorno de grandes bloques de edificios, la sombra del comunismo siempre presente, siempre recordando. Dos minutos después parece aceptar que no sabe dónde va y nos pasa el móvil, para que le marquemos un punto en el mapa. Asiente y vuelve a atender a un tráfico, que va haciéndose más denso, hasta vernos atrapados en él. Esos instantes son aprovechados por el conductor para intentar interactuar con nuestro encefalograma plano (jijijiji, he dicho “falo”). No habla nada de inglés. No importa, las nuevas tecnologías traen nuevas formas de comunicación. A través del GoogleTranslate, habla a su móvil y sus palabras se ven traducidas en forma de texto en inglés. Se supone… Intenta explicarnos que no podrá dejarnos exactamente en la puerta del hostel, pues hay un mercado callejero que lo rodea, por lo que nos dejara lo más cerca posible. Pero las nuevas tecnologías dan como resultado hacernos creer que quiere que nos bajemos en ese instante y caminemos. Momentos de confusión. Todo a cámara lenta, allí dentro no existe la noción del espacio-tiempo. Al final podemos aclarar el malentendido y volver a activar el ruido blanco en nuestra cabeza.

Seguimos moviéndonos lo que podrían ser treinta segundos o cincuenta minutos, no lo sé. Obligado a mirar por la ventana, viéndome estampado contra ella y sin posibilidad de girar el cuello, disfrutaba de un paisaje, a mis ojos, deconstruído. En el interior todo era silencio y sosiego, éramos meros espectadores (ya no puedo usar esta expresión sin imaginarme un pez, gracias Ana) del caos y alboroto externos, pero no nos sentíamos partícipes. Como ver una película donde la ventana es el filtro, el objetivo. El ambiente hacía que te sintieses dentro de esa película tan sobre valorada que es Drive. Otra parte de mi cerebro se apaga, objetos y luces se confunden, sólo veo colores. Tras el cristal todo está envuelto en una luz amarillenta, enfermiza, moteada por otros colores. Dentro, acompañando nuestra quietud, una tenue luz azulada sobre el retrovisor, que nos ayuda a crear una barrera, a diferenciar los dos universos. Superado el tráfico, el motor ruge y las luces se aceleran. Los puntos luminosos se convierten en líneas, en serpentinas multicolores que bailan al ritmo que marca el taxi, que también es el nuestro, aunque no seamos conscientes. El silencio nos acompaña desde hace rato, es la atmósfera perfecta, algo tiene que pasar.

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Y de repente, todo se detiene.

Ana se acomoda sobre los muslos de Estela, pone la espalda recta y adopta su mayor rictus de seriedad, antes de girarse hacia el taxista. Una pequeña e imposible brisa hace ondear su flequillo, lo que acaba de insuflarle la pizca de confianza final. Despega sus labios, mientras asiente de manera solemne y utilizando su tono de voz más digno, dice:

– It’s a big city.

Lo dice de tal manera que parece estar anunciando el descubrimiento de la cura contra el cáncer, la confirmación de la existencia de Dios, el fin del conflicto Israel – Palestina o que el alcohol es sano. Hubo un momento de silencio general. Los semáforos se pusieron todos en rojo, todos los coches pararon, todos reflexionando sobre “la afirmación”. Incluso el mono de los platillos, que tengo por cerebro, detuvo su movimiento perpetuo y me miró como preguntando; “¿Qué coño acaba de pasar?”. Así que reaccioné de la única manera posible; una sonora carcajada, a la que todas se sumaron. Mientras, el conductor apuntaba LA FRASE en su libreta de “Cosas que me importan una mierda” y el mundo volvía a ponerse en marcha. Creo que cuando Ana llegue a las puertas del cielo, la única pregunta que le hará San Pedro, es:

– Pero, alma de cántaro, ¿por qué le dijiste aquello al taxista de Ha Noi?

La incoherencia de toda la situación dio inicio a una diarrea de risas incontenible. Emma se convirtió en otra, no podía dejar de reírse y gritar como una vieja, mientras se abrazaba el pecho de manera exagerada. Esos gritos de escándalo que pueden soltar las abuelas cuando oyen una palabra soez como: pene, follar o puta. Ese estridente “Uuuuoooooh”, era su única manera de manifestarse. Daba igual lo que dijeses, “caca”, “big city” o que “Hitler no era tan malo, tan solo malinterpretó a Nietzsche”… Ella contestaba con un “Uuuuooooooh”. Y nosotros no podíamos más que contagiarnos. Éramos un grupo y como grupo, no dejamos que ningún miembro haga el ridículo solo, nos unimos. La imagen desde el punto de vista del conductor debía ser, como mínimo, llamativa. Yo me lo imagino como una reunión de amigos ewoks, que hablan muy rápido, sin que apenas puedas entender nada y que parecen reírse de forma histérica.

Lo que durase aquel viaje, siempre me parecerá poco. Pagaría lo que fuese por volver a acurrucarme en ese taxi y llorar de risa, cómo hicimos todos. Pero tristemente acabamos llegando a destino. El resto del relato poco importa. Nos costó mucho conseguir alojamiento, que finalmente fue un dorm para los seis, donde podías encontrar calcetines ajenos entre las mantas. Con mi cerebro aún tocado, me hice un desastre en la barba, por lo que tuve que deshacerme de casi toda ella. Paseamos un poco Ha Noi, descubrimos la mejor sopa de Vietnam y apuramos nuestra compañía. Ah, también compramos algunos filtros de café vietnamita, que pese a este post, espero me sean entregados algún día 😀

Y nos despedimos, pues a Elena y a mi nos esperaba otro de los carros del demonio, un sleeping bus a hacia el norte, Ha Giang. El viaje continúa, sin tiempo para echar de menos, pero con ganas de veros a todas de nuevo.

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Tras el 360º de despedida
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