Hoi An, la arquitectura multicultural

Decidimos apostar fuerte y dejar el sur atrás de una tacada, avanzar medio país con una gran zancada en forma de veintidos horas de bus. Los profundos estudios antropológicos que estoy llevando a cabo durante el viaje apuntan todos en la misma dirección, me llevan a concluir que el infierno es la gigantesca representación de un “Sleeping Bus”, en el que Belcebú está a sus mandos.

En ellos la evolución se invierte, entro siendo una mariposa y cuando salgo del capullo metálico, soy un gusano que apenas puede arrastrarse y babear (eso los días que tengo suerte y no me he cagado encima). Creo que necesito contratar algún arquitecto vital que me haga tomar decisiones más coherentes, así dejaría de meterme horas y noches en estos carros del demonio. Suena a exageración, pero está alcanzando dimensiones bíblicas, pues cada vez que voy a subirme a uno me siento como Jesús de Nazaret arrastrando el patibulum antes de ser crucificado, solo que mi cuerpo tarda más de tres días en resucitar. Y ser la representación del Jesús de Naftaret (podéis pegarme) de los Sleeping bus, siendo calvo, hace que pierda todo el glamour…

Así que hicimos girar la ruleta rusa y nos montamos en el bus. Parezco tan inocentemente estúpido como un votante del PP/PSOE, siempre acaba pasando la misma mierda, me creo que voy a dormir y el resultado siempre es vomitivo. Noche en vela de nuevo, ojeras hasta los talones. Y es que el infierno está lleno de crueles pruebas que superar, la más típica: el karaoke. En varias ocasiones me acerqué a pedirle a Belcebú si podía bajar el volumen, pues no era capaz ni de escuchar mi mp3, pero al timonel del averno le encanta jugar con mis sentimientos… Bajaba el volumen en mis narices, para subirlo de nuevo durante mi recorrido hasta el asiento, llegando al mismo nivel de estridencia anterior, sino superior. Aún puedo escuchar su maquiavélica risa, mientras me miraba con sus llameantes ojos a través del retrovisor. Para hacerlo todo más agradable, no había ningún bus directo hasta Hoi An. La mejor opción era parar en Nah Trang, tras once horas de calvario rodante, para trece horas después reanudar la tortura nocturna durante once horas más. Finalmente nos desplomábamos en Hoi An.

Esta pequeña ciudad, declarada Patromonio Mundial por la Unesco en 1999, es la joya arquitectónica de Vietnam. Entre sus estrechas calles puedes perderte rodeado de edificios con ascendencia francesa, china o japonesa perfectamente conservados, gracias a que fue una de las pocas ciudades que se libró de los bombardeos estadounidenses. Para culminar la belleza y peculiaridad de este antiguo puerto pesquero, multitud de templos motean su parte antigua e infinidad de farolillos chinos adornan e iluminan sus estrechas calles.

Sigo viendo un gran problema en estas ciudades tan bien conservadas y patrocinadas por la Unesco, y es que si lo bonito y protegido de las mismas son sus edificios y fachadas, no permitas que los cubran con carteles luminosos, souvenires o anuncios. Algún tipo de control se hace necesario. Si hace falta violencia, pues con violencia, claro que sí. Ya sabéis que siempre abogo por ella, siempre que se aplique sin sentido ninguno. Y es que el destrozo visual no es tan exagerado como en Luang Prabang, pero anula gran parte del encanto y de las sensaciones que podría transmitir. Por no comentar que para visitar muchos de los edifcios y casi todos los templos, se ha de pagar. Esta moda que se está estendiendo por todo el mundo en la que por entrar, a lo que se conoce como “casa” del dios de turno, haya que pagar, es deplorable. Sí, ya sé que en la mayoría de casos sólo pagan los turistas, pero se supone que son templos abiertos a todo el mundo, pues las creencias no se ciñen a los locales. Y una vez dentro te pido donación por vela, incienso, el baño, te vendo souvenirs y hasta imágenes de buda. La cuestión es que si quieres visitar todos los lugares de Hoi An, vas a pagar. Te venden un boleto por 150.000 VND, que te da derecho a entrar en cinco de los edificios o templos, de los más de 35 sitios destacables. Pero para ello no te dan ninguna información de qué podrás encontrar en cada uno de ellos, tan sólo su ubicación. Imagina pagar un buffet, con infinidad de platos, pero todos ellos tapados y que tan sólo puedas elegir cinco. Hay muchas posibilidades de que elijas algunos muy similares u otros que no te gustan, habiendo pasado justo junto al aroma de algunos de tus platos preferidos… La mejor solución es echarle algo de cara y colarte, fucionó en muchos sitios 🙂

Así pues, en Hoi An te recibe un centro antiguo espectacularmente conservado, que puedes elegir visitar al completo, pagando, o simplemente disfrutar el ambiente de esas calles tan especiales. Tus paseos se impregnarán con una preciosa arquitectura, un ambiente pesquero y aroma de Ca Phé, pero no esperes recorrerla en solitario.  No eres el único turista al que se le ha ocurrido parar en este patromino universal. De hecho por tamaño, debe ser el lugar con más turistas por habitante de todo Vietnam. Aún así, disfrutar de su encanto y ambiente tranquilo valen la pena, pero no esperes mezclarte mucho con la cultura local. Como añadido, desde hace unos pocos años también es un sitio óptimo para hacerse trajes o vestidos a medida. Suena a broma, pero está plagada de sastres que en menos de veinticuatro horas te hacen entrega de tu nueva vestimenta. Elena aprovechó para hacerse con dos vestidos de corte asiático, a precio de risa. Por supuesto yo huí de estos lugares, yo seguiré vistiendo toda mi vida como un homeless freak, al que los pantalones cortos le hacen feliz (incluso desteñidos).

Otro panorama es el que te encuentras al salir del centro urbano y visitar sus preciosos alrededores, mucho más vacíos. Lamentablemente, por culpa del clima y sobre todo por las consecuencias físicas de la paliza en bus, no los explotamos al máximo. Aunque si nos acercamos a las antiguas ruinas champa de My Son (olvidaos de pronunciarlo en inglés, en vietnamita “me suun”). Antigua población champa, habitada desde el s. I y hasta el s. XII, rodeada de un bucólico paisaje y con riachuelos corriendo entre sus ruinas, hacen que valga la pena, supongo. Mi opinión no debería contar (de hecho, casi nunca), yo tenía un problema, llamado Angkor Wat. ¿Qué haces tras visitar Angkor? Imposible no comparar, no puedes evitarlo. Creo que es momento de dejar de lado las ruinas históricas, hasta que el recuerdo no esté tan fresco. Por cierto, si alguien hace la visita, que no haga la vuelta en barca. No vale la pena.

Días tranquilos, con paseos curiosos e iluminados, borracheras con las que ponerse al día, desayunos en el mercado (recomendado por precio y calidad), catar los platos de la región (Cau Lao, del cual esperaba más, y White Roses, deliciosas empanadas) y ansias por llegar a la naturaleza del norte.

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Desayunando en el mercado

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