Bienvenidos al caos, bienvenidos a Ho Chi Minh

Aún recuerdo el último día que le vi. Fue hace casi tres años en el Magnet Club de Berlín cuando Piotr, al finalizar su actuación, se acercó a darle su pua al fan de primera fila que imitaba algunos de sus solos. Todavía conservo aquella pua con cariño… Con esta patética auto imagen quiero presentaros y despedirme de él, pues es la última vez que le vi en directo.

El día que entré en Ho Chi Minh City, es el día que me enteré de su prematura muerte. Con 40 años se fue uno de mis guitarristas preferidos, y bastante jodido me dejó. Y es que, sin conocerle personalmente, era casi un amigo. Pocas personas de las que han pasado por mi vida han compartido o me han transmitido lo mismo que él, a través de su música. Siempre quieres pensar que tus ídolos son buenas o excepcionales personas, y la verdad es que no sé cómo era. Pero sí sé que se han acabado sus tranquilos punteos, sus parsimoniosos solos, las notas que eran capaz de despertar sensaciones que muchas veces la vida común me evita. El universo creado por sus sonidos, capaz de transportarme a momentos lejanos pero deseados, se ha acabado. Hemos compartido tanto juntos y me ha acompañado en tantos momentos, que era mi amigo y parecíamos entendernos. Y así sin mas, por “muerte prematura”, se va una persona querida y desconocida. Dejando un legado genial, pero sabiendo que lo mejor estaba por llegar. Y la vena egoísta que todo ser humano lleva impregnada, hace que despierte mi rabia interior hacia cualquier falso “dios” con derecho a llevárselo antes de tiempo. Así que es, en parte, la impotencia y el cariño de un amigo de su obra la que habla; por eso os pido que para leer este post, os hagáis el favor de hacerlo con una de sus canciones y que con ello la magia de Piotr Grudzinski siga fluyendo.

Así que la llegada a Ho Chi Minh City fue algo rara, por lo menos interiormente, algo sangraba. Pero es lo que tiene un viaje, navega con el tiempo, y éste no se para. Así que el viaje es sinónimo de cura. Los problemas se presentan, pero se atraviesan, pues el viajar no conoce freno. La velocidad de las novedades y acontecimientos se llevan por delante cualquier suceso. Casi sin quererlo me vi arrastrado por el caos y la peculiaridad de ésta inmensa ciudad.

Hay varios datos esenciales para conocer la realidad de Vietnam y sobre todo de Ho Chi Minh. Se trata de uno de los pocos países comunistas que sobrevivieron a la Guerra Fría, pero que tras la broma del falso comunismo superviviente, esconde un estado infestado de McDonalds, Burger Kings, Coca-Cola, turismo de masas y abusos. Un estado que luchó contra el yugo del gobierno chino y que ahora intenta hacerse con las riendas del gobierno de su vecino más débil, Laos. Un país, en muchos casos incoherente, dominado por el caos. Y como gran ejemplo se encuentra su tráfico, ruidoso y carente de reglas como ninguno. Un país con más de 90 milones de habitantes, por el que circulan más de 27 millones de motos y tan solo 2 millones de coches. Siendo Ho Chi Minh el estandarte de esta realidad, pues es la ciudad con más motocicletas por habitante del mundo. Un área metropolitana con más de 18 millonesde habitantes e incontables bocinas sacudiendo sus cimientos, donde la única manera de cruzar una calle es lanzarte cual kamikaze y esperar que los conductores tengan a bien evitarte.P1030839

Como siempre que llego a una gran ciudad, evité visitar las “grandes atracciones” los primeros días, y simplemente hacerme a ella visitando sus mercados, callejones o parques. Y es que Ho Chi Minh no me llamaba para nada más, ni quería otra cosa. ¿Hay atracciones? Por supuesto, como siempre que te asomas a una guía de viajes, siempre parecen surgir actividades y  lugares asombrosos que más te vale aprender a filtrar, si no quieres vivir en una nube de postureo y decepción. No todo es destacable, ni hay que visitarlo todo por el mero hecho de conseguir una foto.

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La Notre Dame de Saigon

Y pese a esta berborrea decadente a la que apestan mis palabras, como en todos sitios, puedes encontrar lugares o personas con encanto. Como en todas las ciudades asiáticas, se suaviza su impacto al caer la tarde, cuando sus parques se convierten en un mar de actividad. Las zonas verdes se llenan de ojos rasgados de todas las edades con ganas de ejercicio físico; badminton, sepak trakaw, malabarismo con balón o aeróbic en modo comunitario. Puedes sentarte en un banco durante horas a contagiarte de la risa con la que acompañan sus actividades o preguntarte por qué éstas no se reproducen en Europa.P1030844 Puedes perderte por infinidad de callejones donde gozar de un ambiente local y alejarte del Vietnam antipático del que tantos viajeros te han hablado. De hecho no soy el mejor viajero para juzgar, pues hay algunas visitas “obligadas” que me salté, aún no sé si muy bien si por estupidez o buen criterio, que posiblemente me impidan medir la ciudad de manera justa. No visité los concurridos túneles de guerra de Cu Chi, que descarté al enterarme de que habían sido modificados para el turismo. Me negué a visitar cualquier edificio religioso por el que hubiese que pagar. Y me decepcioné con el mercado central, donde turistas y locales parecían vivir en universos distintos.

Estaba claro que necesitaba un chute de aire fresco, que me llegó al segundo día, cuando, cual Gandalf el Blanco guiando a los rohirrim, llegaba mi caballería. Ese día me levanté y salí a buscar donde hacerme con un buen zumo y desayuno. Al llegar al parque, dudando si dirigirme al mercado o no, me vi asaltado por un grupo de jóvenes vietnamitas con ganas de practicar inglés. Lo que acabó convirtiéndose en mi actividad preferida de esta etapa. Pasamos más de dos horas charlando y moviéndonos por el parque, huyendo de donde se posaba el intenso sol. Tiempo en el que me explicaron cosas sobre su país, pero sobre todo tuve que responder a preguntas sobre el discurrir de la “típica vida europea”. Me fascinó como ansían una vida totalmente consumista, en la que husmean con una curiosidad infinita, pero a la vez respetan el comunismo (para mi casi inexistente) que aún gobierna por y para ellos. P1030829

Y esa misma noche recibí el huracán de energía que siempre supone encontrarte con Elena, impulso que me acompañará casi hasta el final de Vietnam.

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Ella parece una de las tradiciones, hecha persona, que he adquirido en mis viajes en solitario por el mundo. Parece que siempre debo viajar durante un tiempo con alguna Sophie/Sofi, para luego realizar alguna etapa con Elena… La cuestión es que ese positivismo de Elena era el empujón que necesitaba para volver al “modo viaje”. Ese estado más relajado, una burbuja casi inextinguible de felicidad, que te hace afrontar todo con calma, confianza, curiosidad y una sonrisa.

Pero poco tiempo nos quedaba ya en la ciudad, pues teníamos muy claro que el filón de Vietnam está en el norte y no había tiempo que perder. Así que reservamos bus lo antes posible y nos dio para poco más que callejear y visitar el Museo de la Guerra, tema en el que profundizaré en otro post, pues bastante deprimente ha sido ya este. Y tranquilos, no volverá a repetirse, volveré a hablar de mierda,volveré a gritar palabrotas y a revolcarme en las tonterías más grandes que me encuentre.

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