Phnom Penh, el adiós

Ya recuperados físicamente, llegábamos a nuestra última parada en Camboya, su capital, Phnom Penh. La primera idea era quedarnos en casa de Martín, un conocido de Sofi de su periplo por Nueva Zelanda, pero nos salió trucha. Martín tardó en contestar, no se le veía con muchas ganas de acogernos, no tenía tiempo y encima su piso estaba donde Jesús y Mahoma se fueron juntos de putas. “Vamos tío, mazo de lejos del centro”. Así que tras una primera noche en un dorm; casi sin ventiladores, sucio y con la gente del hotel pasando por la habitación a las 6:0o de la mañana, decidimos buscar un sitio más decente para el resto de nuestra estancia.

Pagando un poco más encontramos una de las mejores habitaciones del viaje, se supone que sin aire acondicionado (el calor era importante), pero simplemente levantando el control eléctrico del pasillo, mágicamente salía aire fresco de la máquina…

El problema de las grandes ciudades es que si no tienen algo histórico muy destacable, te suelen intentar vender cualquier cosa como remarcable, para que la visites. Un edificio de mierda, de los que has visto cientos durante el viaje. Algún tour a algún pueblo o campo cercano, preparado para imitar “la vida típica fuera de la ciudad”. O la tan manida visita a un templo cualquiera, que te cobrará entrada y que, curiosamente, te recordará a veinte que ya has visto durante el viaje y sin pagar. Lo único que nos podía atraer eran los pueblos flontantes, no tan cercanos, pero al informarnos un poco y ver que no había transporte para ir por tu cuenta, lo descartamos. Esta es una de las peores facetas de Asia, el transporte público es casi inexistente. Así como en Europa o incluso Sudamérica tienes la posibilidad de ir por tu cuenta a donde quieras, normalmente empleando más tiempo pero compartiendo con la gente autóctona, o ir con agencia y más cómodo, aquí no. Y encima ir con agencia no es sinónimo de comodidad y puede que no llegues a ver aquello para lo que la contratabas, sino algo similar. La única opción que queda es recurrir al alquiler de moto, pero en una gran ciudad, yo no me atrevo, están muy locos. Y también te puede pasar lo que nos pasó en Kampot: fuimos a alquilar una moto y al preguntar si nos la dejaba probar antes, porque no habíamos cogido casi nunca una, nos dijo que no. Que no nos la alquilaba, porque si moríamos, nadie le podría pagar la reparación…

Así que basicamente nos dedicamos a hacer lo que más me gusta en las ciudades, vagar un poco a ver qué te encuentras. Alejarte de la zona de alojamientos y entrar dónde el ciudadano común entra, visitar lo mercados y sentarte en los parques a esperar. Así te encuentras con una ciudad ruidosa y sucia, donde el tráfico es el rey. Da igual que sea un callejón, un parque, la acera o una calle cortada, has de estar atento porque cerca hay alguna moto acechando. Y va a tocar la bocina para que te apartes, los vehículos son los reyes y se comportan como tal.

Te encuentras con situaciones cotidianas curiosas. En Asia vale la pena acercarse a los parques al atardecer, pues se organizan actividades colectivas, como aeróbic multitudinario, deportes, picnics… Es muy agradable ver como se llenan de gente y aprovechan los pocos espacios verdes que tienen dentro de sus mundos de cemento. Los parques suelen ser los sitios más limpios de la ciudad, muestra de que los aprecian y los cuidan. Otra actividad que llama la atención son la cantidad de “bares”, en los que señoritas vestidas de manera algo atrevida, intentan llamar la atención de caballeros occidentales que pasean por la calle. Normalmente da un poco de repelús, porque los que frecuentan estos sitios son sexagenarios caucásicos, que están en la flor de la muerte. Aunque mi cotidianidad preferida de Phnom Penh son los “contenedores de basura”. Y es que no hay. Parece que tienen metros cuadrados de calle establecidos para depositar la basura en ellos. Por la mañana ves que no hay ningún deshecho, cuando cae el sol el montí-culo (jijijiiji) ya empieza a tomar algo de altura y hacia las 00.00 puedes hacer cumbre en los 3.500 m. de altura. Por la noche pasan con camiones y los recogen a paladas, lo que no se hayan comido las ratas, porque con el tamaño que tienen, pinta que se alimentan bastante bien. No me extraña, con el buffet libre que les sirven cada día.

Pero no sólo nos dedicamos a perdernos por las calles y ver crecer los montones de basura, también fuimos a  conocer la triste historia del país en la antigua escuela primaria, ahora conocida como S21. El complejo de edificios fue una escuela primaria hasta que el régimen de Pol Pot y los Jemeres Rojos la convirtió en una prisión donde torturar a los contrarios, y no contrarios al régimen (basicamente a quién querían, como buen régimen totalitarista), y hacerlos desaparecer.

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Antiguas aulas convertidas en pequeñas celdas

El museo me decepcionó. Esperaba más, sólo resumía muy por encima las acciones de los Jemeres Rojos y se regocijaba más en algunos de los casos particulares que allí ocurrieron. Cuando se trata de un museo del genocidio, no espero periodismo amarillista, no quiero saber sólo cómo torturaban o por qué apresaban a la gente. Quiero que me den una explicación de cómo y por qué se llega a esa situación, qué ideales seguían los Jemeres Rojos, qué pretendían conseguir y cómo se llegó al fin de este tiempo tan oscuro. Y en todo ello, el museo no aporta casi nada. Además jode mucho que te cobren 3$ de entrada, pero una vez dentro te des cuenta de que casi no hay ningún tipo de explicación y tengas que volver fuera a hacerte, por 3$ más, con la audio guía. Me parece un museo desaprovechadísimo, que se queda sólo en la superficie de una época muy triste, pero muy interesante para el visitante de este país. Voy a intentar dejar unas pinceladas para quien no conozca nada de la historia.

Durante la Guerra de Vietnam el Vietcong decidió abrir un segundo frente contra los americanos, atacando desde camboya, así que desde 1964 invadió zonas fronterizas. Por esta razón en 1969, el cabrón de Nixon, decidió que había que bombardear también Camboya (sin declaración de guerra e intentando ocultarlo a la prensa internacional), así como ya hacían con Laos. Sólo en Camboya, como en Laos, cayeron más bombas que en la I y II Guerras mundiales juntas. Esta “no guerra” causó unos 100.000 muertos camboyanos en cuatro años. El asedio provocó que el rey camboyano se fuese de gira internacional, por casualidad, no penseis mal… y se instalase en Corea del Norte. Momento que aprovecharon algunos militares para proclamar la República Khmer, contra la que se levantó el Partido Comunista del país. Éstos empezaron una lucha de guerrillas, junto al  Vietcong, contra la República y EEUU. Además se construyeron una imagen pública no comunista, utilizando la violencia y el secretismo más absoluto. Una muestra es que no hay ningún documento de la CIA que mencione a su líder, Pol Pot, hasta 1975. Es en este año cuando consiguen hacerse con el poder, pues la retirada de EEUU de Vietnam en 1973 había dejado aislada a la Repúbica Khmer. El 17 de abril de 1975 los Jemeres Rojos se hacen con la victoria y todo el pueblo sale a celebrar a la calle, celebran el final de la guerra. Después del conflicto de Vietnam y la guerra civil interna, creen que ha llegado la paz. Pero el 18 de abril, Pol Pot ordenaba la evacuación de más de dos millones de personas de Phnom Penh, incluyendo heridos y enfermos, e instauraba la Kampuchea Democrática. Era el Año Cero, se iniciaba una nueva época.

Se cerró el país a cualquier contacto externo. Se ruralizó, forzando a toda la población a abandonar las ciudades y vivir en campos de trabajo, donde se ejercía la agricultura. En ellos se podía llegar a trabajar 18 horas al día, se descansaba un día cada diez y se comía sólo cuando se ordenaba. Se persiguió cualquier otra profesión fuera de la agricultura: profesores, monjes, abogados… eran asesinados. El simple hecho de llevar gafas era motivo para la ejecución. Murieron 1,7 millones de personas, una cuarta parte de toda la población.

Finalmente en 1979 el ejército vietnamita, harto de que los Jemeres Rojos traspasaran sus fronteras, invadieron el país. Encontraron muy poca oposición debido a las peleas internas dentro del gobierno de Pol Pot y porque hasta China, aliada de éstos, se horrorizó de lo que hacían y se desentendió. Se liberó el país y se instauró un gobierno comunista, pero manejado desde Vietnam. Pero lo que no se hizo es juzgar todo los crímenes cometidos durante este horrible período, ni siquiera la comunidad internacional. Es más, algunos de los líderes de este genocidio entraron en el gobierno de coalición que se formó en 1991, tras la retirada de los vietnamitas en 1989. ¿Cómo coño se llega a esta situación? Muy sencillo y muy triste. Cuando los Jemeres Rojos se retiraron tras la invasión vietnamita, recibieron el apoyo de EEUU y Reino Unido, armas incluidas. Porque los Jemeres Rojos estaban con China, el enemigo comunista de la URSS, así que pensaron que les convenía apoyar esta facción, creando una preocupación más a los rusos. Cuanto hijo de puta suelto, que estaría mejor encerrado en granjas de “Hijos de la gran puta”, recibiendo visitas de las escuelas, que irían a aprender cómo no hay que ser en la vida. Así que un desastre humano más, que se decide dejar impune…

Para el final he dejado lo mejor de Phnom Penh, los cines The Flick. Se trata de una pequeña cadena de cines alternativos, con tres sedes en la ciudad. Son pequeñas salas en las que en vez de asientos encuentras camas o sofás, aire acondicionado y puedes llevar tu comida y bebida de fuera. En ellas programan películas actuales y otras relacionadas con la zona geográfica en la que se ubican. Como ejemplo las cuatro películas que nosotros vimos: Good morning, Vietnam (guerra de Vietnam), Killing Fields (“Las voces del silencio”, sobre el genocidio camboyano), Spotlight y Trumbo (éstas dos últimas, nominadas a los Oscars de este año). Y lo mejor es que por 3,5 $, tienes derecho a ver todas las películas que proyectan ese día, en cualquiera de sus tres salas. Aquí os dejo su web:

http://www.theflicks.asia/welcome/

Y así llegamos al final de Camboya. Y también a la sociedad formada por Sofi y yo. Tras casi dos meses viajando juntos, ella se va a pasar sus dos últimas semanas de viaje a las islas del sur de Tailandia, y yo sigo camino hacia Vietnam. Se va triste sabiendo que sus dos últimas semanas del viaje serán las peores, al no contar con mi presencia, pero la vida es así y Dios castiga a quien se lo merece… ¡Nos volveremos a ver pronto en el Chichos!

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De todo ello hace ya tres días, con este post, por fin logro poner el viaje al día en el blog (el internet de Laos me había dejado con mucho retraso, y no me refiero al mental, ese ya lo llevo de serie). Ahora mismo escribo desde Vietnam, la locura de Ho Chi Minh City, iniciando Vietnam, ya en solitario.

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