Los supervivientes de Koh Rong

Con el susto aún en el cuerpo, decidimos asentarnos cinco minutos en algún lugar y disfrutar de la tierra firme, antes de ponernos a buscar alojamiento. Habiendo leído algunos blogs y por comentarios de otros viajeros veníamos algo asustados con los precios de Koh Rong, pero para nada. Precios normales, tirando a bajos, si buscas un poco.

Compartimos habitación Sofi, Sergi, Tomás y yo por 14 $/noche, lo cual estaba muy bien. Además se puede comer bien entre 1 y 3 $.

Así pues dejamos las cosas y nos fuimos a buscar una playa en la que disfrutar del agua y volver a no tenerle miedo. La peor playa de la isla es la que se encuentra en el pueblo, pero con andar 20 minutos, tienes la posibilidad de encontrar otras estupendas. Justo en el camino hacia Pure Beach nos encontramos con Santiago, Matías y Esteban, nuestros compañeros de viaje en Mae Salong y el cruce de frontera a Laos. Santi y Matías también habían sobrevivido al trayecto aquella mañana, pero eran supervivientes de lujo, ricos. Habían venido en el barco rápido, por lo que el sufrimiento había sido a cubierto y de sólo 45 minutos, no tres horas. No cuenta como experiencia cercana a la muerte hasta que no supera la hora de duración. Si te juegas la vida, hazlo bien, no un ratito y sin mojarte… Y así pasamos la primera tarde, tirados en la playa y probando la GoPro.

Por la tarde nos reunimos también con las Noes para cenar y salir a celebrar que veríamos aparecer el sol tras el horizonte de nuevo. Acabamos intentando colarnos en una fiesta (10$ la entrada, ¿estamos locos?) y diciéndole al portero que al no dejarnos entrar nos íbamos a llevar a la gente y montar nuestra propia fiesta. Durante el camino de vuelta, a oscuras, íbamos convenciendo a la gente para que nos siguiese. Llegamos a un bar que estaba cerrando y un uruguayo y yo les convencimos de que volviesen a abrir. Y no reventamos la otra fiesta, pero más de veinte personas reunimos… Y así acabamos celebrando tener nuestros corazones todavía bombeantes, sin saber que al día siguiente volveríamos a correr otra aventura.

Por la mañana el pueblo amaneció sin calle principal, pues el mar se había adueñado de ella. De nuevo barcos cancelados, lo que no estaba tan mal, porque la isla estaba más vacía. Pero nos prometieron que al otro lado de la isla, en la Long Beach, estaría todo más tranquilo. Así que nos pusimos nuestras botas, llenamos las mochilas de frutas y partimos. Ya antes de salir del pueblo hay carteles que te avisan “Cuidado con las víboras. En el pueblo tenemos el antídoto” y nos contaron que el día anterior habían mordido a una chica camboyana…  Nada más empezar tienes que medio escalar y luego caminar unos 20 minutos hasta que el camino empieza a adentrarse en la selva. Al rato nuestra hilera de caminantes era bastante alargada y ya nos comunicábamos por sectores y a gritos, así que todo lo que cuente es desde el punto de vista del grupo cabecero. Y es que pobres desgraciados, nos dejaron a Sergi, Noelia y a mí que les guiásemos a buen puerto. Inocentes ilusos. Hubo varios momentos en que el camino se hacía difuso y llegaba a desaparecer. Hasta que hubo un momento en que no había y sólo encontrabas maleza y selva ante nuestros ojos. Desandar los pasos nunca entró en nuestros planes, así que nos abrimos camino con nuestro cuerpo, por donde debería haberse abierto con un machete. Como ejemplo del resultado final que obtuvimos todos, las piernas de Noelia.

Un trekking de 45 minutos se acabó convirtiendo en uno de casi tres horas atravesando muros de pinchos. Puede que al principio del camino te fueses fijando en si veías alguna víbora, pero a esas alturas ya sólo deseabas que te mordiese alguna y te quedases ahí, para no tener que seguir clavándote cosas. Algunos incluso escucharon a cocodrilos y jabalís que seguían nuestros pasos 😉 La cosa es que los de delante cada poco rato convencíamos a los de atrás de que oíamos u olíamos el mar, cuando en realidad sólo veíamos el siguiente matorral lleno de clavos. Durante gran parte de la expedición sólo se escucharon “aiiis”, “mierda”, “cuidado pinchos”, “me cago en vosotros”, “¿quién me ha puesto la polla en el ojo?”… Todos los insultos muy merecidos, pero para mí esa excursión fueron los mejores momentos en la isla. No podía parar de reir. Y ya cuando Sergi, el guía la mayor parte del tiempo, me confesó en voz baja: “Pues espera a que los demás se enteren de que no llevo las lentillas”… Al final, incomprensiblemente, dejamos que Matías y Tomás se pusieran al mando y veinte aburridos minutos después, llegamos a los 7 km de arena, que forman la Long Beach.

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Long Beach

Preciosa playa todavía casi virgen. Pero le queda bien poco, ya están talando parte de la selva trasera, construyendo en un extremo un muelle y uniéndola por carretera con el pueblo principal. Estúpidos que no aprender de la destructora sobreexplotación de occidente. O peor, es lo que les hemos enseñado y además somos nosotros los que estamos explotando sus parajes. La isla es muy bonita, pero le falta algo de encanto. Pues toda ella vive del turismo, así que todo autóctono te ve como un turista, no como visitante, y acabas sientiéndote así. Además encuentras bastantes partes sucias, con basura en plena naturaleza (supongo que había más de lo normal por lo movido que estuvo el mar). Si vas a vivir sólo del turismo, cuida y mantén el paraje. A todos estos países se les ha echado el turismo de masas (e inversores extranjeros) encima sin una educación ambiental ni ningún control estatal o externo, un peligro. En fin… al final, debido a que el trekking se alargó más de la cuenta (inexplicablemente…), no estuvimos mucho tiempo, porque había que volver antes de que se hiciese de noche, ya que no estábamos seguros de cuánto nos iba a llevar. El hecho es que descubrimos que hay un camino mucho más sencillo, en el que es imposible perderte. Aunque por si acaso, no dejamos que Sergi guiase la vuelta. Así que al volver celebramos la culminación de otra aventura, y las conversaciones se nos fueron de la mano mirando noticias de huracanes en el sudeste asiático, pensando que eran actuales, cuando en realidad eran del año pasado.

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En el Sky Bar

Al día siguiente recorreríamos la Pure Beach durante todo el día e incorporariamos al grupo a Emiliano, Flor y Lucas. Y para nuestro último día guardamos la excursión en barco que nos llevó a recorrer parte de la costa de la isla. Paramos a hacer snorkel, aunque como el mar seguía movido, no fue de lo más espectacular. Estuvimos pescando en alta mar, con una facilidad pasmosa, lo que luego sería parte de nuestra barbacoa en la Long Beach. Mientras nuestros marineros camboyanos preparaban la barbacoa a ritmo de trance (si el trance ya es asqueroso de por si, imaginaos el peor tipo dentro de esta aberración. Y que Chusixxx me perdone), nosotros disfrutábamos del atardecer dentro del agua.

Tras regocijarnos con la caída del sol y la barbacoa, que algunos seguirían disfrutando esa noche en el baño, volvimos a embarcarnos. La oscuridad empezaba a rodearnos, señal de que se acercaba el plato fuerte del día. Y es que las aguas de Koh Rong están plagadas de un plancton muy especial que, como fuente de defensa, utiliza la luz. Navegamos hasta una zona apartada de cualquier luz artificial y nos lanzamos a las oscuras aguas. Al sumergirte y mover tu cuerpo en esas aguas ciegas, se encienden decenas de puntos fluorescentes a tu alrededor. Era espectacular hundirte y ver aparecer junto a tí una constelación de pequeñas estrellas creada por tu movimiento, que al momento desaparecía cual estrella fugaz. Y no podías pedirles ningún deseo, porque ¿qué más podrías desear que estar contemplando aquella maravilla? Te podías llegar a sentir un poco como Son Goku cuando le llega la energía para crear la Bola Genki. Todo el viaje hasta allí vale la pena para ver al plancton convertirse en una bola de discoteca mientras tu te mueves al ritmo de las olas.

Esa noche, todos destrozados, la pasamos los de siempre, en los asientos de siempre, con los mismos perros de siempre, bebiendo los zumos y la Angkor de siempre, junto al mar. Todos bastante silenciosos, contemplando frente a nosotros el placton celeste que una vez encendió el Big Bang.

Dió pena irse, dejar la pequeña familia momentánea, y la facilidad de levantarse en un sitio y con gente que ya se te hace familiar. Pero creo que está bien irse de los lugares sin cansarse. Habiendo disfrutado hasta el útimo momento, no alargarlo y salir en busca del siguiente sitio que no quieras abandonar. El viaje es un mapa que quieres dejar lleno de puntos a los que volver. Y así ha quedado Koh Rong, como un punto de nuestro viaje al que si te acercas, empieza a brillar.

Os dejo el link al interesante blog de Santi, donde va contando sus “salidas por el mundo” y los McDonalds que va visitando: http://saliralmundo.com

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