La Odisea del Unicornio

Esta historia está basada en hechos reales. Su lectura no está recomendada para abuelas o personas pelirrojas, que todo se lo toman muy a pecho. Todos los participantes están enteros y amando la vida más que a un bocadillo de milanesa hecha por la madre de Santiago y Matías. Cualquier atisbo de exageración es producto de tu mente, pues los hechos ocurrieron tal que así…

Tras las luces del circo volvimos caminando al hostel en busca de nuestras mochilas. Mientras atravesábamos la penumbra de una ciudad ya vacía, navegábamos cada uno en sus propios pensamientos, supongo que haciendo acopio de fuerzas para soportar otra noche en vela.

La promesa de la compañía hablaba de unas diez horas de viaje hasta Sihanokville (o Psycoville, como siempre la recordaré), pero su palabra tiene tanta credibilidad como la de un político, así que en realidad sabes que tienes por delante un desierto de horas del que no atisbas el horizonte. A eso de las 22.00 llegamos a la “compañía”, Sofi, nuestra desgana y yo, un puesto cerrado en una oscura calle con sólo una farola, y frente al puesto, un señor dormitando encima de una mesa. Al preguntarle nos confirma que está ahí por nosotros. Saca una moto y nos dice que primero llevará a uno de nosotros con sus mochilas hasta la estación y luego vendrá a por el otro. Soy yo el primero en hacer el viaje hacia lo desconocido, en el que la meta era un descampado con una pequeña y desconchada estación de buses, donde el señor me pide que espere mientras vuelve a por Sofi.

Ella se ha quedado descobijada y a solas esperando bajo la farola con sus mochilas. Cada moto que pasa por la calle reduce velocidad y se le queda mirando fijamente. Alguno llega a parar unos metros más adelante y vuelve la mirada. Al final Sofi se da cuenta de que está en plena noche, en shorts y camiseta sin mangas, bajo la única luz de la calle… le están confundiendo con una “mujer de moral distraída”. Así que decide irse al otro lado de la calle, donde hay un bus y esperar allí a nuestro motorista incierto, que aparece unos minutos mas tarde para volver a reunirnos.

Por supuesto el bus no parte a las 22.30, sino casi a las 00.00. Porque el vehículo ha llegado un poco tarde, pero sobre todo porque el exceso de equipaje es inimaginable. Hay decenas de sacos de 30 – 40 kg extendidos alrededor del autobús, un bosque de pertenencias que de alguna forma debe acabar dentro. Cuando los encargados ven que ni por asomo cabrá todo en los maleteros, nos ordenan subir con nuestras cuatro mochilas arriba. Las pequeñas irán, como siempre, entre nuestros pies. Mi mochila grande la meten a golpes bajo nuestros asientos y la de Sofi está por ver. Una vez todos los pasajeros estamos en los asientos empiezan a colocar los enormes sacos y bolsas en el pasillo. Empiezan con un primer piso y luego un segundo, del que forma parte la mochila de Sofi. Imaginaos que yo estaba junto al pasillo y no podía salir del asiento más que escalando, pues mientras estoy sentado, la carga me llega a la altura del hombro. Con la comodidad al nivel de -5, aún me quedaba descubrir que mi asiento estaba roto y no se podía reclinar. Bueno, sólo queda respirar hondo, poner la chaqueta tras la cabeza, cerrar los ojos e intentar descansar lo que se pueda. Se apagan todas las luces. Arranca el motor. Al final del pasillo se enciende una tenue luz. Mierda, no será… Sí, es la televisión. Nuestras peores pesadillas se confirman cuando vemos que aparecen letras camboyanas en la parte baja. Se nos disparan todas las alarmas, Sofi mira desesperada por la ventana, pero no hay salida… empieza a sonar el karaoke. Por supuesto a un volumen que no te deja ni escuchar tus auriculares a su máxima potencia. Empieza el viaje.

Viaje eterno hasta llegar a las 05.00 a Phnom Penh, donde nos hicieron bajar para cambiar de bus. Decir que nos pararon en una estación de bus o una pocilga era lo mismo. Allí nos dijeron que debíamos esperar hasta las 06:00. Luego fue hasta las 06:30. Cuando a las 07:00 vino el responsable a preguntarnos cuánto habíamos pagado por el billete, le dije un precio superior a lo que habíamos desembolsado y misteriosamente vino cinco minutos después para llevarnos en tuk-tuk hasta otro lugar, con sofás, sin gente y limpio. Sofi se quedó dormitando en el sofá y me fui a comprar algo de desayuno, porque aún teníamos que esperar hasta las 09:00. Finalmente a las 09:15 vino a buscarnos el transporte a Sihanokville, que estaría dando vueltas por la ciudad hasta llenar de más el bus y acabaríamos llegando a las 16:00 a destino.

Cuando nos pusimos a buscar un lugar donde caer muertos, reencontramos a Sergi y Tomás con los que acabamos compartiendo dorm. Aún tuvimos fuerzas para comprar el billete de barco a Koh Rong, ir a comer y tomar alguna cerveza. No podíamos imaginar lo que aún nos quedaba por delante.

Bien puntuales, a las 07:30, estábamos en el muelle. Tan sólo quedaban dos horas de viaje para llegar a nuestro destino final, la isla de Koh Rong. Compramos el barco lento por 10$, pese a que todos los blogs hablaban de 20 $, ahora ha bajado y sólo vale veinte el rápido. Obviamente acabamos zarpando a las 09:00, una hora tarde pero felices, ya no había nada de lo que preocuparse. ¿O si?

Día soleado, el mar tranquilo y brillante, reflejando nuestras sonrisas asomadas por la borda. Todos los pasajeros nos tumbamos en la cubierta superior a disfrutar del sol y la brisa, mientras nuestra imaginación se adelantaba e intentaba imaginar el paraíso al que nos dirigíamos.

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Qúe bonito es el mar

Tras media hora de la calma más absoluta empezó algo de movimiento. El australiano encargado de guiar a la gente en el tour por varias islas subió a decirnos que iba a empezar a moverse un poco y aconsejaba que algunos bajasen a la cubierta inferior. Los asiáticos, portadores desde el inicio de los chalecos salvavidas, descendieron. El resto nos quedamos riéndonos del bamboleo que nos mecía. Pero a los diez minutos de incrementarse el movimiento decidí descender, pues sería más complicado bajar si aquello iba a más. Cinco minutos después todos los integrantes de la embarcación llenábamos la cubierta inferior y aquello no iba a parar. De repente estábamos a medio recorrido y las olas eran cada vez mayores.

A partir de ahí una sucesión de tensión, nervios e imágenes curiosas. Ya no había ningún asiático sin chaleco salvavidas y creo que ninguno tenía ya comida en el estómago, estaban todos sentados y agarrados a la barandilla, vomitando por la borda. Los australianos con pinta de machotes que se habían hecho con la proa al inicio del trayecto, ahora estaban todos juntitos, con el chaleco puesto y sin decir una palabra. Tomás, acompañado de vez en cuando por Sergi, se dedicaba a cantar canciones infantiles para aplacar los nervios. Un señor mayor ruso se quedó petrificado, agarrado a una viga de madera y mirando al infinito. Su hijo estaba en la proa, junto al guía australiano, bebiendo cerveza y fumando porro. Una señora mayor optó por tumbarse en cubierta, taparse la cabeza con una toalla y aguantar inmóvil hasta que todo pasase. Una chica, acompañada de sus amigas, se metió en la cabina junto al capitań y no podía parar de llorar. Y yo que parecía la voz del GPS, pues me puse de pié e iba anunciando cuando iban a venir las siguientes olas grandes… Mientras, las olas entrando por todo el barco, empapándonos a todos nosotros y a nuestras mochilas. Los chalecos salvavidas situados en el techo del barco, se iban volando y cayendo en nuestras manos, cual terrorífica señal. El capitán parando el motor del barco para encarar las olas más grandes. Y las chicas que teníamos delante se pusieron a tararear la canción de Titanic.

Sofi llegó a comentarme; “¿Qué hacemos si perdemos todas nuestras cosas?”. Porque nosotros podíamos nadar, pero nos quedábamos sin nada. Metimos nuestros pasaportes y algo de dinero en una matrioska de bolsas de congelar y la GoPro (lo más importante) en el bolsillo, just in case.

No sabes muy bien qué hacer en una situación así. No sirve de nada hacerse el valiente, tampoco puedes hacer nada para ayudar. Así que nos dió la risa, con Tomás cantando, la chica llorando, la gente mayor que parecía que se encomendaba a algún ser superior, los súper australianos cagados, los chalecos anunciándonos un aciago futuro, la fiesta que llevaban los de proa y todo ello envuelto en una orgía de vómitos…

Los castellano parlantes nos convertimos en los únicos que habrían la boca, supongo que es la manera que tenemos de pasar los nervios. Así conocimos a Noelia y Noemí, con las que pasaríamos los siguientes días. Y es que estas experiencias unen. Tras casi tres horas de viaje, llegábamos cual Ulises de vuelta a casa. Tocar tierra nos convertía en héroes, en supervivientes. Una historia más que contar, una historia para no repetir.

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Tocando tierra firme por fin

Esa misma tarde nos encontraríamos al guía australiano, que nos aclararía más cosas. Era la primera vez que el se encontraba mala mar en este trayecto. Tras llegar nuestra embarcación se habían cancelado todos los barcos de ese día, excepto uno en el que él tenia que volver a la 16:00, y nos confesó que tenía miedo. Este mar enfurecido había aparecido de la nada, ninguna previsión lo anunciaba y ellos no lo entendían, hasta que ya en tierra les dieron una explicación. Los dos últimos días hubieron terremotos en Taiwan que provocaron este mar, de ahí estos movimientos, pese al buen tiempo. Así que yo aprovecharé para decir que he sobrevivido a un tsunami, porque queda guay.

En el momento estuvimos tensos y atentos a todo o que pasaba, pero siempre confiamos en que no pasaría nada. Aunque días después nos hemos enterado que ese mismo día volcó un barco yendo también hacia Koh Rong y desaparecieron dos turistas. Y esta no sería nuestra última aventura en Koh Rong.

Todo ello me ha enseñado que hay que disfrutar cada mierda, cada eructo, flatulencia o vómito, nunca se sabe cuando será la última excreción de tu cuerpo (bueno, la cagada post mortem, pero no se disfruta igual).

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3 comentarios en “La Odisea del Unicornio

  1. Estuvimos en esa isla hace dos años. Llegar fue una travesía “animada”, pero la más fue la de la vuelta de un día que fuimos a hacer snorkel. Tampoco aquel día llegó ningún barco del continente. Por lo que cuentas la nuestra no se puede comparar con la que describes, pero creo que lo entiendo muy bien. Camboya me encantó. Ayer llegamos de la India, un sitio fácil para viajar y diferente a cualquier otro destino asiático. Disfruta de tu viaje!

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