Angkor What? II

Todo estudiado y entendido, los apuntes de cada templo en la libreta y las ganas de visitarlo desbordando por los poros. Andamos los casi 5 km hasta la entrada de Angkor Wat para hacernos con nuestro ticket, que daba derecho a tres días de visitas (aunque lo haríamos en dos).

Hay tres modalidades:

  1. 20 $ Derecho a un día completo de visita
  2. 40 $ Derecho a tres días de visita, repartidos en una semana
  3. 80 $ Derecho a siete días de visita, repartidos en un mes.

Hay un truco y es que cuando compras la entrada a partir de las 17.00 te da derecho a entrar esa misma tarde y no cuenta como un día de visita. Esa era nuestra intención cuando compramos el ticket, pero no sabíamos que cerraban el parque a las 18.30 y que la entrada estaba tan lejos de todos los templos, a pie no nos daba tiempo. Así que desandamos nuestros pasos resignados, pero felices, sería al día siguiente.

Nos levantamos a las 4.30, nos acicalamos, nos limpiamos las botas y no pusimos las legañas, o algo así, y fuimos en busca de nuestras bicis. Las alquilamos por 1 $ el día, bicicletas de paseo y con unas simples pero necesarias luces, pues estábamos a punto de meternos en la boca del lobo. Por unos 3 $ puedes alquilar unas moutain bike, que posiblemente sean más eficientes para el tute que te espera y no te deje la culo para el arrastre, pero no somos ricos… Así que nos montamos en nuestras bicis de pobres y nos lanzamos a pedalear por la ciudad, hasta que al salir de ella empezó a absorvernos la oscuridad. No se ve nada, tienes la única guía del pequeño piloto luminoso de tu bici, que utilizas como faro en una tormenta. Además se cruza en tu camino algún que otro tuk-tuk que te deja ciego por unos segundos, así que confías en mantener la línea recta. Pero todo eso te da igual. Yo sólo miraba el pequeño círculo luminoso creado por mi pedaleo, mientras mi rostro se ensanchaba con una gran sonrisa escondida al resto del mundo tras la cortina de oscuridad, pues era muy consciente de la imagen que nacería frente a mí con los primeros rayos de sol.P1030407

Tras el amanecer aguantamos las ganas de entrar a Angkor Wat y decidimos ceñirnos a nuestro plan. Este era simple, el primer día ver el amanecer y recorrer el circuito grande. Osea, visitar los templos más pequeños y lejanos (cualquiera de ellos por si solo recibiría la denominación de Patrimonio de la humanidad), en total unos 35 km. No son tantos kilómetros, pero si piensas que vamos en unas bicicletas de paseo, con el sol y la humedad abrazándonos cual abuela y el termómetro marcando más de 36º, no fue tan sencillo. Palabras de Sofi: “No había sudado tanto en toda mi vida”.

Así que este día estuvimos de 5.00 de la mañana a 16.00 pedaleando, caminando, subiendo y bajando por templos, caminos, carretera y selva. Se hace muy curioso estar pedaleando al lado de árboles de más de 40 metros, que se ríen de nuestro esfuerzo.

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Árbol 1 – 0 Sofi

O desviar la vista del camino al encontrarte grandes grupos de monos despiojándose unos a otros a un costado del camino, mientras ignoran a esos extraños turistas que pasean por su territorio. Y es que los templos son alucinantes, pero el hecho que los hace más especiales es verlos rodeados de toda esa vegetación/selva que se ha comido cualquier logro humano. Y eso que ahora todos los templos, menos uno, los han limpiado de la maleza y de casi todos esos grandes árboles convertidos en inmensos pulpos.

Mientras vas recorriendo escenario tras escenario te sientes como un caracol que va dejando su rastro de sudor allí por donde pasa. Se nota en la cara que necesitas bebida fría y las vendedoras no desaprovechan la oportunidad de acosarte. Creo que en las escuelas de Asia tienen varias asignaturas troncales de Acoso y Derribo del Turista. Luego como optativas puedes elegir entre Estafa I y II o “Consigue que el occidental quiera pegarte”, ésta última lo está petando. Las vendedoras te gritan desde 200 metros, te acercas a un puesto y vienen 4 o 5 señoritas del mismo local, cada una con un menú en la mano (que casi te lo restriegan por la cara, como queriendo quitarte los poros), y hasta te preguntan “what do you want,sir?”. Ahí ya se te nubla la cabeza. Una señora nos empezó a gritar desde 100 metros algo que no entendimos y de repente nos soltó, a grito pelado: “Señorito. Señorita. Vení a comé aquí. Bueno, bonito y barato”. Era imposible que supiera que hablamos castellano… No hace falta tener paciencia con este sector, pero sí hay que tenerla con los niños. Hay multitud de camboyanitos que se te acercarán a vender de todo o pedir dinero, NUNCA hay que comprarles o darles nada, pues es la manera de fomentar que sigan usándolos para sacar provecho. Aunque se te hagan pesados, hay que tratarlos lo mejor posible, ellos no quieren estar ahí.

Volvimos a casa (llamo casa a cualquier sitio donde duermo), cenamos un buen amok y caímos rendidos ante la cama… El día grande se iniciaba un poco más tarde que el anterior, pero a las 9.00 ya estaban nuestros culos gritando de dolor al posarse de nuevo en el sillín. 27 soleados kilómetros nos esperaban, el circuito pequeño (17 km), más el recorrido al hostel. Nos movimos entre varios templos, plataformas o ruinas, pero los más remarcables son Angkor Wat, Bayon y nuestro preferido, Ta Prohm.

Lo más duro de la jornada es la lucha interna que mantiene constantemente tu cuerpo. La mano derecha no deja de sacar la cámara y hacer fotos. La mano izquierda se enfrenta a guantazos con la diestra para que pare y simplemente disfrute del momento y el lugar. Por eso recomendamos repartir la visita en más de un día y si se es capaz, hacerlo en bicicleta. Hombre, si te faltan las dos piernas, pues ya se busca un carrito de supermercado o algo así, en vez de las dos ruedas (menos mal que no soy político). La bici es la mejor manera de tener tiempo de sobra para sentarse a contemplar, moverte a tu ritmo, disfrutar del entorno, observar curioso a los diferentes grupos de japoneses o acercarte a espiar las enseñanzas de algún guía. Sobre todo porque como te toque con un gran grupo guiado, vas a cagarte en Vishnú y vas a desear que en la entrada, en vez de repartir audioguías, repartiesen bates de baseball con el que poder estampar unos cuantos cerebros en esos preciosos y ancestrales frescos de la pared.

Como ya dije, Angkor Wat es, aún en la actualidad, el monumento religioso más grande del mundo. Pero no es su tamaño lo que más impresiona al entrar, es su compleja y minuciosa decoración. Sus cinco torres talladas cual flores de loto, los dinteles de las puertas repletos de divinidades y apsaras (bailarinas del cielo y guardianas de los dioses) y sus cientos de metros de bajorelieves que te acompañan durante toda tu exploración. Ah, intentad no visitarlo en domingo, como nos pasó, porque es el único día que no se permite subir a la torre más alta.

La última y más grande capital de la ciudad fue Angkor Thom, diseñada al igual que Angkor Wat, a semejanza del Monte Merú. Su templo más importante es el fascinante Bayon. Antes contaba con 54 imponentes torres, de las que sólo quedan 37 en pie. Todo el complejo está repleto con 216 enormes caras que contienen una enigmática sonrisa. Representan a Avalokistesvara, la bondad de buda, como todos sabéis.

El último templo que visitamos, y que nos dejó el regusto perfecto, fue Ta Prohm. Aquí es donde se rodaron varias escenas de la primera película de Tomb Raider. Y es que su gran peculiaridad es la vegetación que lo absorbe y nace de él. Fue el templo elegido por la Ècole Française d’Extréme-Orient para mostrar el estado en el que se encontraban los templos al ser “descubiertos”. Y ese es su gran encanto. Te hace desear que hubiesen dejado todos los templos así, que no es más que otra muestra más de su historia. Ver como la naturaleza absorbe y forma parte de la construcción, es alucinante.

Hay que alabar a Sofi por aguantar en bicicleta, sobre todo tras años de no tocar una, fueron jornadas duras. Pero antes de abandonar Angkor, me abandonó ella a mí y se pasó al bando enemigo… Ella y su bici volvieron en tuk-tuk. Aunque hay que decir que no fue mala decisión, la vuelta fue un infierno. Gran parte de los últimos 8 km los hice en medio del embotellamiento causado por el fin de la jornada de Angkor, una maraña de tuk-tuks, motos y minivans. Normalmente el tráfico en Camboya es un caos cuidadoso, ves infracciones de tráfico que ni imaginabas que pudiesen existir, pero las hacen lentamente y hay espacio. Cuando todo se contrae y ese espacio desaparece, junto a las ansias del fin de una jornada laboral, se vuelve la jungla. Los tuk-tuks invaden carril bici y arcén, situándose dos en paralelo. Las motos no ven si hay alguien más junto a ellos. Y si añades a eso las típicas motos que aparecen de la nada en contradirección y que ningún vehículo tiene retrovisores o como si no los tuvieran… Situaciones de pegar con el puño en tuk-tuks porque se te echan encima, pero tú no tienes sitio al que huir, o manejar con una mano en la bici y con la otra estar empujando al conductor de una moto para evitar que te eche fuera de cualquier vía posible… Mientras iba gritando, insultado y repartiendo ostias a mi alrededor pensaba que ese sol que se escondía sería mi último atardecer. Que no estaba mal, pero yo siempre me imaginé muriendo de manera más poética: una cangrena por un golpe tonto o la típica puta que te contagia alguna enfermedad. El caso es que si escribo estas palabras es gracias a una aparición celestial. De repente entre la masa de hijos del demonio que me rodeaba atisbé otro ciclista, “Ostia, y encima es autóctono. ¡Esta es la mía!”. Así que no sé muy bien cómo, me puse a su estela y decidido a seguir sus movimientos, por extraños que fuesen. Si este tío se metía cada día en este embrollo y vivía para pedaearlo de nuevo, era el superviviente que yo necesitaba. Con energías renovadas me puse a seguir sus movimientos de baile y todo empezó a ser más fácil. Un poco más adelante se nos engancharía otro rodante holandés y juntos completamos la etapa. En Siem Reap aún se cuentan historias sobre nuestra gran epopeya. En los mercados venden camisetas de “El milagro sobre ruedas” y ese mismo nombre le han puesto a un polvorón típico de la zona, todo en nuestro honor. Pero bueno, no quiero cansaros, supongo que ya veriais la historia en el telenoticias de vuestro país.

 

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