Si Phan Don

Llegamos a la otra orilla, desde donde aún podíamos ver y añorar Champasak, a esperar que fuesen parando algunas minivan y fuésemos encontrando sitio todos los viajeros, para llevarnos a Si Phan Don. Tuvimos suerte y fuimos los primeros en embarcar, lo que no sabíamos es que estábamos entrando en una burbuja en la que el espacio y el tiempo se entienden diferente.

Fue un trayecto corto, embotellados cual mercancía en aquella nave que nos descargó en Nagasan. Éste es el puerto de salida hacia las 4.000 islas, la vía láctea del Mekong, donde nos esperaba nuestra lanzadera. 15.000 kips después habíamos embarcado todas nuestras pertenencias y zarpábamos rumbo a Don Det. Ritmo tranquilo, casi a ras de un agua que con solo estirar el brazo puedes sentir su calidez, como todo en Si Phan Don. Vas atravesando pequeñas islas sin habitar, como pequeños satélites que orbitan alrededor de sus hermanos mayores, sin un uso visible más que embellecer el entorno. Y es que en este corto trayecto vuelves a ser consciente de que aún te quedan sitios fabulosos por visitar, no hay tiempo para lamentar la perdida de ninguno, tan sólo para recibir al siguiente. Así pues, incluso Champsak se evaporaba de nuestra mente, que ya estaba asimilando Si Phan Don. Veníamos de la tranquilidad de Champasak, pero es que nos adentrábamos en el Spa de Laos, Don Det.

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Llegando a Don Det

A esta altura del Mekong el río se ensancha, se tranquiliza y se vuelve turquesa. Es como si algún dios borracho hubiese ido a colocar una enorme isla en el centro de este paraíso, pero ésta se escurriese de sus manos, cayese y se hiciese pedazos. Torpeza que provocó el desparrame de islas que aquí podemos encontrar.

Desde que pones el pie en Don Det el tiempo se transforma. Todo pasa diferente, pausado, pero a la vez, como si fuese otoño, el calendario va perdiendo hojas a un ritmo acelerado. A bote pronto no soy capaz de decir cuántos días estuvimos allí y como me da pereza mirar mi libreta, nos quedaremos todos con la incertidumbre.

En las islas no hay policía ni coches. Así que te encuentras con gente fumando en todos lados, autóctonos que te intentan cobrar 35.000 kips por cruzar un puente, turistas que se han quedado atrapados y se han convertido en nativos, mucho hippie y cientos de gallinas, pollitos, cerdos, bueyes, perros o gatos que campan sus anchas. Pese a lo pequeña que es la isla, la mitad aún vive a parte del turismo.

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En general los precios son muy baratos, pero recomendamos alojarse en la zona del atardecer, pues casi todas los balcones de las cabañas dan al río y a la caída del sol. Además es la zona más barata. Puestos a recomendar, nosotros estuvimos en las cabañas del Happy Bar, un pequeño reagge bar donde se reúne casi toda la poca gente que hay. Además la dueña cocina muy bien, ponen buena música y te encuentras a Manny, un inglés de ascendencia hindú, que parece haber encontrado su lugar en el mundo en Don Det. Puedes preguntarle cualquier duda o consejo sobre la zona y de vez en cuando organiza actividades. Por las noches nos reuníamos allí con un australiano y un inglés, Lee y Jay, a jugar a cartas y beber alguna cerveza.

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Jugando al “bullshit”

La verdad es que no hay mucho más que contar, nos dedicamos a pasear (en una hora y media a buen ritmo, das la vuelta a la isla), leer en la hamaca, bañarnos, alucinar con los atardeceres… Bueno, alguna tarde nos dejamos caer en el suelo de un bar a tomarnos un “Fruitshake” y ver capítulos de Friends que ponían en bucle.

Puedes pasar a la isla de Don Khon, más grande, más cara y con alguna visita que realizar, cómo unas cascadas o un antiguo tren francés. O también puedes salir en tour con barca a ver, con mucha suerte, alguno de los delfines Irrawady o visitar los rápidos de Khone Phapheng. La verdad es que no hicimos ninguna de las actividades de pago, excepto cruzar el puente por el que cobraban 35.000 kips, pero sin pagar. Le engañamos en su cara y volvimos a pasar dos minutos después en dirección contraria mientras nos asesinaba con la mirada, sólo por el placer de hacerlo. Era para enfadarse…

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¡Estoy caminado sobre el agua!

De lo mejor de la isla es que la parte sur sigue estando casi vacía y puedes acercarte a ver qué hacen los laosianos, que trabajan el campo, organizan peleas de gallos y se pasan horas cuidándolos, juegan al Sepak Takraw (volleyball con los pies, de origen tailandés) o comen en familia.

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Niños haciendo carreras

Salir de Don Det fue como despertar tras una siesta que se te ha ido de las manos, seguirías durmiendo, pero sabes que debes seguir con tu día. Y tuvimos que desperezarnos rápido, pues nos esperaba la peor frontera del sudeste asiático, Dom Kralor. Es la única frontera entre Laos y Camboya, es la frontera con más robos, estafas y engaños de esta zona. Y es que el día que cruzas una frontera, sabes que es un día de aventura, pero en ésta lo ponen especialmente difícil.

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2 comentarios en “Si Phan Don

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