Champasak

Viaje largo y agotador el que hicimos de Vientiane a Pakse, la capital del sur de país. Bus nocturno en el que no dormimos nada, llegas a las 07:00 de la mañana y debes enfrentarte al ejército de tuk-tuks. Intentas abrir los ojos, quitarte alguna legaña que ya está medio colgando e inspirar aire fresco. ¡A por ellos!

Es importante que no te vean dudar, esquivar el precio y contraatacar veloz con una oferta. También es importante ir bien armado con información y que vean que controlas la situación, esta vez íbamos bien preparados. El líder de los tuk-tukeros nos ofreció un transporte, que era caro y no nos llevaba donde queríamos. Pero al ver que sabíamos las distancias, precios y donde están situadas las zonas de salida y meta, nos llevó rápidamente aparte, junto a unos suizos y nos sacó rapidamente de allí. Antes de que el resto de viajeros oyese como llegar a Champasak. Parecerá una tontería, pero estas pequeñas victorias ante el ejército de los conductores malditos dan una gran satisfacción.

Nos dejaron en el mercado de Pakse, donde tuvismo que esperar un par de horas a que saliese el transporte hacia Champasak. Tiempo que aprovechamos para darnos un buen desayuno, mear en un descampado cercano (en Laos te cobran 2.000 kips en casi todos los baños y acaba dando rabia pagar 0,25 € cada vez que quieres mear, así que, cual macho alfa, he ido impregnando el terreno con mi olor) y comprarme un par de Legos más 🙂

Al final partió nuestro vehí-culo (jijijijiji) y me pasó algo muy curioso durante el viaje. Se convirtió en mi trayecto de tuk-tuk preferido (una hora). A parte de que el paisaje era muy bonito, siempre siguiendo paralelo al Mekong, casi sin coches y atravesando varias aldeas, lo mejor ocurría dentro. Compartiamos tuk-tuk con una pareja de suizos y unos ocho laosianos, casi todo mujeres que venían del mercado de Pakse e irían bajando en medio del trayecto, al llegar a sus perdidas casas entre arrozales. Durante casi todo el trayecto tuve la sensación de que estaba metido en medio de la animada conversación que mantenían, hablando sobre las compras del mercado, los precios, el nuevo peinado de alguna de ellas, las notas de la hija en la escuela… ¡Me había convertido en una maruja laosiana vestida con una camiseta de Porcupine Tree! Obviamente no entendía nada de su idioma, pero a la vez lo entendía todo. Compartía con ellas, en el momento justo, las risas o las caras de sorpresa que ponían. Y a la suiza sentada enfrente mío le estaba pasando lo mismo, porque a veces nos mirábamos y poníamos cara de “¿qué está pasando?” y nos reíamos antes de volver a lo importante, que era la indignante subida del precio del cilantro en el mercado de Pakse. Al final todas nuestras nuevas amigas fueron apeándose por el camino y poco después llegábamos a nuestro destino.

¿Qué tiene Champasak? Poco más que nada, y ahí está lo mejor. Ya en el camino pudimos sentir ese ambiente del que luego nos impregnariamos y que haría que nos diese pena dejar atrás el lugar. Y es que Champasak se convirtió en uno de nuestros sitios preferidos del viaje.

Es un pequeño pueblo de dos calles en el que muchos de sus edificios, curiosamente los más grandes y con descendencia colonial, parecen o están abandonados. Muchas casas son enormes, preciosas y parecen encantadas, creando un ambiente de respeto y atracción. Además casi todas las guesthouse están casi vacías, muy poco turismo, lo que hace que se consigan buenos precios. En la primera Guesthouse que preguntamos nos pidieron 70.000 por una doble. Al contestar que nos lo pensábamos, raudamente nos ofertaron 50.000 kips y que pasásemos a ver la habitación. Dentro nos encontramos con la mejor habitación que hemos tenido hasta el momento y con unas vistas imponentes del Mekong, así que nos quedamos (2,5 €/persona). Nos acercamos a la oficina de turismo, donde el chico tuvo un flechazo con Sofi (la cual pensó que era hindú), lo que daría para algunas situaciones surrealistas más adelante. Y nos tomamos el resto del día con tranquilidad, conociendo a gente del pueblo y descansando, pues el bus y las carreteras laosianas nos habían dejado una noche más en vela (creo que nunca he tenido tantas ojeras).P1030263

Ese primer día ya nos hicimos amigos del “gordo gracioso” (es el primer laosiano que veíamos que estuviese un poco gordo, de ahí el apodo). Fuimos a su guest house a comer y ya nada más entrar, se nota que el tío tiene tablas, es muy simpático y habla inglés y francés bastante bien. Además casi todas las frases las acaba con un risa muy contagiosas. Así que sin que ocurra nada en especial te encuentras que te estás riendo a carcajadas con él. Mis cuatro primeras opciones del menú fueron contestadas con un “don’t have”, seguido de una risa contagiosa. Lo cual nos enamoró e hizo que volviésemos repetidamente. Fuimos tres días y el tío seguía sin tener pescado, pollo, ensalada, mango, piña, sandía… Y cada día volvía a intentar con el pescado o con alguna otra cosa y siempre me decía “don’t have”, se partía y nosotros con él. “I have to go to the market” y de nuevo risa contagiosa. El último día ya nos veía traspasar su porche y nos gritaba “¡You again!” y volvía a reírse…

A la mañana siguiente y ya con energías renovadas hicimos LA visita de la zona. Alquilamos unas bicicletas (10.000 kips/día = 1€) y nos acercamos a visitar las ruinas de Wat Phu o Vat Phou, los restos arqueológicos Khmer más grandes que exiten fuera de Camboya.

Este complejo, antiguamente hinduísta y en la actualidad budista, formaba parte del gran imperio Khmer (jemer) que en los s. XII-XIII llegó a dominar Laos, Camboya, casi toda Tailandia y el sur de Vietnam. Historia que intentaré resumir en los futuros post que dedicaré a Angkor. Los restos de este templo son del s. XI y s. XIII, aunque el asentamiento existe desde el s. V.

Además de la belleza del complejo, lleno de frescos y detalles, valen la pena las vistas desde lo alto de la colina y el recorrido en bici para llegar. Y todavía debe ser mejor en época de lluvias, cuando todos los arrozales estén verdes e inundados. Gran parte del camino transcurre paralelo al Mekong, con campos de arroz a ambos lados de la pista y durante el que tienes que ir con cuidado con las cabras o vacas que se cruzan en tu camino. Eso sí, son poco más de 10 km de ida y otros tantos de vuelta, a más de 30º y sin lugar para la sombra. Todo ello fue como una pequeña muestra de los que nos encontraríamos en Angkor, donde tanto el tamaño, las ruinas, el calor o los km en bicicleta se verían multiplicados.P1030262

El resto de tiempo trascurrió pausado pero muy rápido sin que tuviésemos ninguna ocupación en concreto. Leer, escribir, pasear, comer, observar y sufrir el calor. La última noche nos encontramos al joven de la oficina de turismo, que nos saludó desde lejos y nos vino a preguntar qué habíamos hecho. La siguiente hora se dedicó a seguirnos por el pueblo, de manera muy mal disimulada, siguiendo el “olor” de Sofi. Cual perrito que sigue a perrita en celo, que persigue el olor de su trasero y mea por donde ella pasa. Nosotros vagamos intentando decidir donde tomar algo y luego cenar, mientras él iba parando con su moto justo segundos después de nosotros, allí donde hubiésemos parado a echar un vistazo. Bajaba de la moto, se quedaba cerca nuestro sin hacer nada en concreto y cuando nos íbamos, volvía a subir en su moto hasta nuestra siguiente parada. Si tardábamos en parar, nos adelantaba con la moto y un minuto después volvía aparecer de frente y paraba allá donde fuésemos. Pudo adelantarnos unas diez veces, sin exagerar. Y nosotros no podíamos parar de reír cada vez que lo veíamos, y cuando pensábamos que ya desaparecía, se teletransportaba junto a nosotros de nuevo. Al final acabamos perdiéndolo con un pequeño amago y fuimos a tomar algo al bar de nuestro amigo “el gordo gracioso” para despedirnos de él y poder admirar la luna.

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La luna despidiéndonos

Al final cenamos en un sitio muy recomendable, del que no apunté el nombre. Pero se identifica fácilmente, pone “Homemade laos food”, puesto pequeño y naranja con la terraza en la calle principal. Si se siguen 30 metros más adelante, a la izquierda, se llega a la guesthouse del “gordo gracioso”.

A la mañana siguiente pasarían pronto a por nosotros, para ir al embarcadero y cruzar el Mekong hasta la carretera principal, donde pararía un vehículo para llevarnos a las 4000 Islas. Y cual fue nuestra sorpresa y alegría al abrirse la puerta del conductor y que nos dijeran “¡You again!” y volviésemos a escuchar esa carcajada que se contagia a todo el que la oye. “Man, you are everywhere”. Y cuando nos dijo que era su hijo el que nos llevaría en barca y su cuñado el que nos recogería al otro lado, ya no podíamos parar de reír. El mafioso del pueblo era nuestro amigo. Así, todavía oyendo su carcajada en la orilla siendo arrastrada por el viento mientras la barca se adentraba en el Mekong, dejábamos una parte nuestra atrás. Champasak, te echaremos de menos.

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Diciendo adiós a Champasak
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4 comentarios en “Champasak

  1. Todavía me rió sola con solo pensar en la risa del gordo divino!!!
    Te olvidaste de mencionar el ladyboy que no sabíamos si es su hijo/hija que también se cago de risa, cuando le dije” you have salad?” y ella/el respondió: “salad? noo!! hahahahahah” y el menu daba como opción, 4 tipos de ensalada, osea ya mitad del menu descartado….

    Y el de turismo, pobrecito debí despedirme de él debe estar aun buscándome por las calles de champasak.

    Le gusta a 1 persona

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