Silent Hill

Hoy no voy a contar nuestras actividades en la granja, la cantidad de mierda que he cagado o si me siento atraído por las sillas que cojean. Hoy sólo voy a relatar la experiencia que, Sophie, Juan y yo vivimos una cualquier noche, pero distinta. ¡Y es que la otra noche visitamos el pueblo de Silent Hill!

Ahora mismo habrá dos tipos de personas:

1 – Los que esperen que explique qué es este pueblo, dónde está y que tiene de especial…

2 – Los que ya han visitado Silent Hill por medio de una Play Station (Manu y yo recientemente, con una consola encontrada en la calle).

silent-hillTras la cena, y como la temperatura era mejor que en los últimos días, decidimos darnos un paseo hasta el lago. Pero no fue hasta que salimos a la carretera que fuimos conscientes de lo densa que era la niebla que se apropiaba del valle, inundando hasta su útlimo rincón. Nada más empezar a andar por la calzada les comenté a Sophie y Juan que me sentía en medio del videojuego Silent Hill. No recuerdo haber estado nunca en una niebla tan densa, o por lo menos no de noche, que me provocara tantas sensaciones y que me hiciera tanta ilusión.

Más allá de tres metros apenas se veían sombras y algo más allá, nada osaba penetrar la niebla. Te sentías totalmente rodeado de espesura blanca. Si a eso le añades que vas por una carretera mal iluminada, en la que la mitad de las farolas solo funcionan a ratos y parpadean, te metes del todo en el rol post-apocalíptico. Además, nuestra único foco luminoso era una pequeña linterna, ¡como al principio del videojuego! Como añadido, fue la primera vez que no se nos cruzó ningún coche en todo el camino hasta el lago (normalmente vamos un poco más pronto). La sensación mejoró en cuanto dejamos atrás toda civilización y nos internamos en el parque nacional, ya sin ninguna luz que luchase por penetrar la densa marea blanca. Mientras caminabas sintiendo el rocío de las nubes en tu cara estabas en tensión, no sabías por dónde aparecería China persiguiendo a una libre o, tal vez, los pájaros zombies del juego (¿hay monstruo más molesto que ese en los videojuegos?).

Todo eso estuvo muy bien, pero lo que hizo realmente especial la noche, el culmen, fue la imagen del lago. Las fotos mentales que siempre guardaré en mi cabeza. Lo que siempre ha sido un enorme lago rodeado de montañas, que refleja el paisaje en sus aguas, se convirtió en una pantalla de cine gigante. Un imax, en el que en cualquier momento iba a empezar un documental (un capítulo de Cosmos ahí, hubiese sido acojonantemente guay). Nos sentamos justo en la orilla del lago durante un buen rato, casi siempre en silencio, pues lo único que se escuchaba eran las aguas del río Azul descargando en el lago. Y aquí es dónde tengo las mejores imágenes grabadas en la mente. Pese a estar sentados a poco más de un metro unos de otros, no era posible reconocer bien los gestos nuestros gestos, los ojos parecían oscuras cuencas vacías. A la derecha sólo se veían las sombras de varios árboles, formando unas gigantes figuras, casi humanas, como unos amigos que caminan en grupo por la calle. A la izquierda, una única tenue farola iluminando la esquina del muelle, cómo si se tratase de la entrada al jardín delantero de una casa. En realidad, era la viva imagen de El Exorcista.

imagesY enfrente estaba el lago, a menos de metro y medio, pero a la vez, no estaba. El efecto que la niebla producía en el lago es lo que más recuerdo. No había agua. De verdad, si no se producía ninguna onda en ella, era totalmente transparente. Así que la niebla impedía ver más allá de tres metros, pero al no penetrar en el agua y ésta estar totalmente en calma y tan clara, permitía que pudieses ver el fondo. Pero si la niebla no te dejaba ver a más de tres metros de distancia, bajo el agua la vista llegaba más allá de la niebla, lo que creaba una imagen única. En la superficie tus ojos se encontraban con un tupida barrera blanca, pero bajo el agua tu vista podía extenderse mucho más. Nos quedamos bastante tiempo embobados, sólo observando y escuchando los inquietantes sonidos que rodeaban esta estampa.

Al final volvimos a casa, emocionados y lamentando no haber tenido ninguna cámara con nosotros y jurando que la próxima noche con niebla, cargaríamos con ellas. Casi decepcionó volver, porque no sabíamos cuando se podría repetir la experiencia y porque no había aparecido nada raro entre la niebla. Quiero decir, el paseo fue genial, pero acabar teniendo una anécdota sangrienta que contar después, lo hubiese rematado. Llegar los tres, enteros, fue lo más decepcionante, quita esplendor a nuestra aventura… Si creéis que exagero, no me importa. Es más, sufriréis una hemorragia  nasal el 14 de mayo, que dejará un rastro en vuestra almohada con forma de bailaora flamenca. Y los que pensáis que qué mierda nos habíamos fumado, os recuerdo que yo solo me inyecto cosas, como todo hombre serio y respetable. Sirva como ejemplo Philip Seymour Hoffman.

Canciones, hoy menos gays que los últimos días:

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2 comentarios en “Silent Hill

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